Este jueves comienza la Semana Santa. Eso es lo que significa, sobre todo, para nosotros: el comienzo de las vacaciones. Pero también es algo más, que nos afecta de una manera distinta, menos visible, aunque profunda. Es lo que quise transmitir en este texto que ahora recupero:
El Jueves Santo, la Iglesia recuerda la última cena de Jesús de Nazaret. Rememora su agonía en el huerto de Getsemaní; su prendimiento, tras la traición de Judas; su crucifixión en el Gólgota, el nombre que daban los arameos a la colina donde ocurrió su calvario, en un paraje fuera de Jerusalén. Esa es la imagen a la que le rezamos los católicos, o si no somos católicos, es la imagen a la que le rezan quienes nos rodean, en la comunidad que formamos: alzamos la mirada para venerar a un hombre que sufre en la cruz, que sufre por amor. Ninguna otra religión otorga al dolor la importancia que le damos nosotros. Esa importancia determina la forma en la que entendemos el amor en Occidente, la manera como lo concebimos en la literatura y el cine, e incluso como lo vivimos: como una pasión.
Los musulmanes piensan que la doctrina de la crucifixión es contraria a la justicia y la misericordia divina. Para los cristianos, en cambio, es un acto de amor, el más alto: Jesús sufrió y murió en la cruz por amor a los hombres, para redimirlos de sus pecados frente a Dios. Incluso si la iconografía tiende a sublimar la cruz, hasta hacer imperceptible el dolor y el sufrimiento, el símbolo de la cruz es claro: el dolor como la expresión más alta del amor.
La Pasión es, para nosotros, un testamento del amor de Jesús. Esta forma de ver el amor marca profundamente nuestra cultura, la judeo-cristiana. El papel fundamental que el sufrimiento desempeña en ese amor lo vuelve radicalmente diferente al que conciben, por ejemplo, las civilizaciones en Oriente. “El culto del amor en Occidente”, escribía Susan Sontag, “es un aspecto del culto al sufrimiento –el sufrimiento como el supremo aval de la seriedad y gravedad de un acto (el paradigma de la Cruz)”. El amor es grande en la medida en que estamos dispuestos a sacrificarnos por él, a sufrir por él, incluso hasta la muerte. Una idea extraña y misteriosa, cuya génesis trató de explicar Denis de Rougemont, escritor francés de origen suizo, en su libro clásico El amor y Occidente. “La perfección del amor”, escribió, “es morir por amor”. Todos los grandes amores de Occidente –los de Abelardo y Eloísa, Tristán e Isolda, Romeo y Julieta– tienen ese sello, están marcados por el paradigma de la Cruz. Son amores recíprocos, pero desdichados. Amores perfectos porque los amantes, ambos, mueren por amor, como murió Jesús por amor a los hombres.
Nuestra otra herencia espiritual, la greco-latina, no daba el valor que damos nosotros al sufrimiento, a los méritos y beneficios espirituales del sufrimiento. Todo lo contrario: consideraba ese dolor una forma de locura que había que combatir y repeler. Pero nosotros no somos, en el tema del amor y del dolor, herederos de la filosofía greco-latina sino de la teología judeo-cristiana, como lo recordamos todos los años en días como éste, al evocar la Pasión de Cristo en la Semana Mayor, que comienza hoy, el Jueves Santo.