En julio de 1887 fueron celebrados los quince años de la muerte de Benito Juárez. Don Benito era entonces, todavía, una figura polarizadora y polémica, admirada por unos (los liberales) y detestada por otros (los conservadores). En el marco del homenaje, los católicos hicieron juicios severos en su contra, publicados el 15 de julio en El Tiempo. El periódico condenó su autocracia (“supo arraigarse al poder, como si fuese de su exclusiva propiedad, catorce años”), su debilidad hacia el vecino del Norte (“estuvo siempre supeditado a la influencia norteamericana”), su actitud durante la guerra de Intervención (“cuando la invasión francesa violó el territorio nacional, él sólo atinó a huir hasta los desiertos”), su desprecio por la cultura de los indios (“su raza misma no le debió un cariño, una palabra de consuelo”), su traición hacia la patria (“intentó enajenar una parte del territorio, la Baja California”). Al día siguiente, por orden del secretario de Gobernación, Manuel Romero Rubio, el juez Juan Pérez de León irrumpió en el edificio de la calle de Mesones, donde era impreso el diario, para arrestar a todo el mundo, incluido el director Victoriano Agüeros, acusado de ultrajar a la Nación. El Tiempo fue silenciado durante más de una semana, sin que protestaran los diarios de los liberales, ni siquiera los de oposición. Pudo ser entonces celebrado el homenaje a don Benito.
La mañana del 18 de julio, el presidente Porfirio Díaz descubrió una lápida de mármol en la habitación del Palacio Nacional donde había fallecido el Benemérito. Escuchó después el discurso de su ministro Manuel Dublán, concuño de Juárez, que expresaba con elocuencia el objeto de su lucha: “Emancipar el poder público de toda influencia extraña a los fines sociales que constituyen la vida del Estado”. Habló a continuación él mismo para evocar, conmovido, a quien había sido su jefe y su amigo, y más tarde su adversario. “Apenas el general Díaz pudo terminar su alocución, la emoción embargaba la voz en su garganta”, comentó El Monitor Republicano. Ese 18, al mediodía, comenzó el desfile de homenaje, que fue también de desagravio. Los cañones sonaban cada cuarto de hora; las banderas ondeaban a media asta; cientos de niños vestidos de blanco, con coronas de flores, marchaban en la comitiva donde iban los constituyentes, ya ancianos, seguidos por los inmaculados, el nombre que daban a los acompañantes de Juárez en Chihuahua.
Ese día, en la Alameda, las calles de Acordada y Corpus Christi fueron bautizabas con otro nombre: el de Avenida Juárez. Díaz depositó en el Panteón de San Fernando una corona sobre la tumba de don Benito. Era él mismo el impulsor más resuelto del culto del Estado al jefe de los liberales durante la Reforma. Instruyó colocar su efigie en la serie de timbres que emitió su gobierno; promovió el cambio de nombre de Paso del Norte por el de Ciudad Juárez; celebró siempre con solemnidad la fecha de su muerte, así como la de su natalicio; inauguró la estatua que hizo el escultor Miguel Noreña, la primera edificada al margen de su aniversario, como un símbolo de unión y de prestigio para México. En 1910, al final de su larga dictadura, Juárez no era ya la figura polarizadora y polémica que había sido en 1887. Era un héroe nacional.