Todos los Santos, Fieles Difuntos

Ciudad de México /
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Durante años, el trabajo de la Unesco estuvo centrado en identificar y censar los bienes culturales y naturales del mundo, por medio de su herramienta más conocida, proclamada en 1972: la Convención para la Protección del Patrimonio Cultural y Natural, la cual establece los criterios para otorgar la placa que dice patrimonio de la humanidad, que han recibido sitios y lugares tan distintos como Venecia, Machu Picchu y el Serengueti. Pero una parte de la humanidad, cuya riqueza cultural es enorme pero no descansa en su patrimonio material, o incluso natural, sentía que había sido excluida. Por eso, el concepto de cultura tuvo que ser ampliado por la Unesco con una herramienta más: la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, proclamada en 2003. Con ella, la organización terminó de construir el edificio jurídico que protege nuestro patrimonio: el material, el natural y el inmaterial.

El patrimonio cultural de una nación no está compuesto sólo por monumentos, sino también por expresiones vivas, intangibles, inmateriales, heredadas de nuestros antepasados y transmitidas a nuestros descendientes. La convención de 2003 tiene por objeto salvaguardar las técnicas, las expresiones y las representaciones, los usos y los conocimientos que los grupos y, en algunos casos, los individuos reconocen como parte de su patrimonio cultural. Sus manifestaciones son diversas: rituales, tradiciones, fiestas, danzas, conocimientos relativos a la naturaleza y el universo y saberes vinculados a la artesanía tradicional.

Las fiestas indígenas dedicadas a los difuntos (el Día de los Muertos) fueron inscritas en 2008 en la Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por ser, en palabras de la Unesco, “una de las representaciones más relevantes del patrimonio vivo de México”. La Unesco hacía referencia sobre todo a las fiestas que celebran todavía los pueblos indios de nuestro país, donde, para facilitar el retorno de las almas a la tierra, las familias esparcen pétalos de flores y colocan velas y ofrendas a lo largo del camino que va de la casa al cementerio. Ellas ocurren en el periodo que marca el final del ciclo anual del maíz, el cual coincide con las celebraciones de Todos los Santos y los Fieles Difuntos. “Esta fusión entre ritos religiosos prehispánicos y fiestas católicas permite el acercamiento de dos universos, el de las creencias indígenas y el de una visión del mundo introducida por los europeos en el siglo XVI”, agrega la Unesco.

La convención de 1972, así como la de 2003, a pesar de ser sobre todo instrumentos de conservación, son también instrumentos de desarrollo. Pues una vez que un sitio obtiene la placa que dice patrimonio cultural de la humanidad, una vez que una expresión obtiene la que dice patrimonio inmaterial de la humanidad, ese sitio y esa expresión adquieren valor económico, en razón sobre todo de su atractivo para el turismo (así sucede, por ejemplo, con el arte culinario en México.). El problema es que el desarrollo atenta con frecuencia contra la conservación, por obra del turismo de masas. Así sucede en sitios como Venecia y Machu Picchu, y ya también, en parte, en lugares como Pátzcuaro, donde estas fechas los pueblos celebran el Día de Muertos.


  • Carlos Tello Díaz
  • Narrador, ensayista y cronista. Estudió Filosofía y Letras en el Balliol College de la Universidad de Oxford, y Relaciones Internacionales en el Trinity College de la Universidad de Cambridge. Ha sido investigador y profesor en las universidades de Cambridge (1998), Harvard (2000) y La Sorbona. Obtuvo el Egerton Prize 1979 y la Medalla Alonso de León al Mérito Histórico. Premio Mazatlán de Literatura 2016 por Porfirio Díaz, su vida y su tiempo / Escribe todos los miércoles jueves su columna Carta de viaje
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