Justo a 100 años del inicio de la Guerra Cristera en el México actual se replican muy marcadamente algunos de los factores que originaron la Cristiada, con nuevos elementos, con otros recursos, pero con las mismas estrategias y con el mismo fin.
Un estado nacional que pretende imponer reglas anti populares argumentando a raja tabla que ya está así en la ley y debe aplicarse, cuando en realidad solo busca empoderarse más, mientras que enfrente el estado tiene a un grupo social –no sé qué tan numeroso, no sé qué tan extendido ni qué tan homogéneo, pero sí muy representativo– que se opone a pérdida de más derechos de los ciudadanos. Hace un siglo fue por la libertad de credo, ahora es por la libertad a disentir del gobierno nacional.
Porque tan nocivo socialmente es prohibir la religión en un país profundamente religioso como prohibir la libertad de expresión, la libertad de imprenta y la libertad política que están basadas no en que se puedan hacer las cosas –eso pasaba también hace 100 años– sino basadas en la certeza de que no habrá persecución ni represalias por las posturas públicas adversas al régimen. Entonces como ahora es evidente que hay represalias.
Guardadas las proporciones, las pretensiones actuales del régimen han llevado a la sociedad a una evidente polarización que, como hace 100 años, no solo separa al gobierno de su pueblo, sino que divide regiones, comunidades y familias.
Hace un siglo se daba una fuerte guerra ideológica. Desde el poder unos quisieron imponer una doctrina jacobina y clerofóbica a un pueblo con arraigadas raíces religiosas, ahora se quiere imponer una falsa visión única de la realidad, de la política y de la vida.
Desde el 2006 y hasta ahora se fue formando una corriente cuyo líder procuró crear fieles y no seguidores con un marcado e irreversible fanatismo que los lleva a considerarse la clase elegida, el pueblo escogido para gobernar –aunque solo aplaudan desde la pobreza– a pesar de que esto lleve a la desgracia a las personas, a la democracia y a la República.
Ahora como hace 100 años, resurgen para el estado los “sediciosos”, los que dicen “mentiras” y engañan a la gente. Financiado por el erario, el fanatismo ha vuelto.