La reforma electoral ni el “plan b” pasaron como quería Claudia Sheinbaum por la oposición de legisladores del Partido del Trabajo y del Partido Verde, ambos aliados del régimen.
Pero ¿por qué los aliados de Morena se “opusieron” de manera abierta y estridente a las propuestas de la presidenta? Veamos tres posibilidades.
Uno. El PT y el Verde se rebelaron de manera independiente y libre porque no fueron considerados en la elaboración de la iniciativa y porque ésta empoderaba más a Morena y relegaba a sus aliados. Para unos el PT y el Verde, entonces, son unos demócratas y defensores de la democracia, porque se opusieron a la propuesta autoritaria de la presidenta, mientras que desde el poder los tildan de traidores al pueblo y a la “cuarta transformación”. Versión que se vende por las mañanas.
Dos. El PT y el Verde se rebelaron por consigna y por sus compromisos con el ex presidente quien quiere meter presión al gobierno claudista y demostrar rotundamente que él sigue teniendo el control político de las cámaras. Muestra de este poder a distancia desde Palenque -¿o Cuba?- es la excelente actuación dramática de los coordinadores parlamentarios de Morena que, en perfecto nado sincronizado, declararon abiertamente la imposibilidad de sacar adelante, muy a su pesar -ajá-, la reforma presidencial.
Tres. La reforma electoral y el subsecuente “plan B” es solo una estrategia política planeada y calculada desde el poder con dos fines principales: a) Servir como un distractor polarizante ante un entorno internacional y nacional muy adverso a Sheinbaum: presión militar de Donald Trump; acusaciones de ser un narco gobierno; crimen organizado rampante; desapariciones desatadas; inflación y carestía -estanflación-, combustibles por las nubes y depauperación del empleo.
Y b) Utilizar este episodio como un síntoma –pero falso- de democracia, una señal fabricada y operada para aparentar que en México hay contrapesos efectivos al poder de Morena. Una maniobra que aparenta que se le puede decir no a la presidenta, cuando en realidad es una estrategia cuyos impactos son mínimos, medidos, ejecutados y controlados por el mismo aparato gubernamental.
Ni demócratas, ni defensores de la patria.