Sin intención de agraviar a nadie, creo que la Artificial Intelligence es, al mismo tiempo, la idea más utilizada y la menos comprendida de nuestro tiempo. Por ello recupero el mismo tema de hace un par de semanas y dejo aquí estas ultra básicas reflexiones:
Como concepto tecnológico es una manera audaz de referirse a un muy notable aumento en la capacidad de cómputo que hasta hace poco conocíamos.
Como etiqueta de negocios, es un magneto que ha atraído hacia un puñado de empresas cerca de 10 millones de millones de dólares de los mercados financieros de todo el mundo.
Comenzamos con la ciencia ficción y de ahí saltamos a los juegos de palabras: “Si un barco puede flotar y moverse a través del mar, ¿acaso decimos que sabe nadar?”. De ahí pasamos a las sesudas reflexiones sobre el significado profundo de conceptos como “pensar” o “inteligencia”. Por supuesto lo que sigue es el miedo.
En un par de generaciones pasamos de las Mac de Steve Job y las Personal Computers de Bill Gates a la Artificial Intelligence Generativa; la antesala del pensamiento artificial autónomo: la gran fantasía apocalíptica de la rebelión de las maquinas. “Hasta la vista, Baby”.
De la mano de la robótica y la computación cuántica –que aún no entra a la narrativa del futuro que nos espera a la vuelta de la esquina--, la Inteligencia Artificial (I.A. en español) es, sin duda, una idea verdaderamente disruptiva.
Producto de un muy peculiar marketing en el que algunos de sus grandes beneficiarios son los mismos que nos alertan sobre los enormes peligros que representa, la A.I. se nos ofrece como la responsable de una pesadilla global que nos condenará a casi todos al desempleo mientras las maquinas consumen toda la energía eléctrica y agua del planeta. Pero, al mismo tiempo, se nos ofrece como una especie de solución mágica a todos los problemas de la humanidad: el ecocidio, las guerras, las enfermedades y, casi, la muerte misma.
En concreto, hasta ahora –el otoño del año seis de la tercer década del tercer milenio--, lo que alcanzo a ver es ligeramente menos dramático.
Ciertamente la llegada de sistemas de cómputo que permiten que las maquinas tengan la capacidad de “ver” ,“escuchar” y por ende “hablar” (y supuestamente “pensar”) sí representa un desafío mayor para grandes segmentos de la economía y la vida misma. Aunque el desplazamiento masivo de miles de millones de trabajadores no ha ocurrido, un efecto concreto del uso de la A.I. ha sido un significativo abaratamiento de costos en diversas industrias. Por ejemplo, comunicaciones, medios y entretenimiento.
El susto colectivo ante la capacidad de las máquinas para procesar enormes cantidades de datos de manera casi instantánea es mayor cuando consideramos su potencial impacto en tareas creativas como la escritura, la generación de videos e incluso la música y las artes (sobre todo, si algunas de ellas eran “lo nuestro”).
Un pequeño ejemplo, en China la A.I. ha sido usada para generar el 95 por ciento de los 128,000 “micro-dramas” producidos en el primer trimestre de 2026 y que han tenido un éxito brutal en dispositivos móviles. Así, sin actores o equipo de producción, los primeros ganones con la A.I. son las grandes empresas.
Otro caso de la entrada masiva de la A.I. es el plan del gobierno chino para que este mismo año cierre con 100 mil robots humanoides plenamente integrados a su fuerza laboral; la mayoría en el sector de servicios.
Hace un centenar de textos me ocupe de subrayar el momento exacto –11 de marzo de 2016--, en que las supercomputadoras cruzaron un nuevo Rubicón, el famoso movimiento 37 entre el campeón mundial de Go (juego de estrategia chino) y el poder de DeepMind, la super computadora. Un par de semanas atrás, el WSJ registró: “Diez años después del iluminador Movimiento 37, el mundo de pronto comienza a parecerse a un gigantesco tablero de Go”.
Considerado como una burbuja especulativa por amplios círculos financieros, el boom de la A.I. seguramente terminará reventando. Esto es, como negocio generará ganadores y perdedores. Los enormes centros de datos que ya comienzan a enfrentar protestas callejeras en los pueblos en que se han ido instalando, son una de sus obvias vulnerabilidades.
Lo cual no supone un retroceso de fondo: todo indica que múltiples tareas que requieren el procesamiento de cantidades masivas información terminarán, tarde o temprano, siendo territorio dominado por la A.I.G.; pero, por supuesto que no será gratis.
No deberíamos olvidar las intenciones profundas de Siri, Alexa y las demás asistentes virtuales que aparecen en nuestras pantallas. Gemini, Meta, Chat-GPT y todas las otras máquinas de ese tipo quieren, a cambio de una módica renta mensual, vendernos sus servicios. Son un negocio, pues.
En ese contexto, lo realmente inteligente radicará en saber qué tanto las necesitamos, o no las necesitamos. A partir de ello, la decisión de prender la A.I. y, en ese instante, apagar la inteligencia natural, sigue siendo nuestra.