Supongamos por un momento que la tercera guerra mundial ya comenzó. Qué el viejo orden mundial que surgió de la Segunda Guerra Mundial y sobrevivió al colapso soviético es ya obsoleto y no tiene un remplazo claro en el horizonte. Que al frenesí de la globalización sigue una especie de balcanización en la que Washington, Beijing y un puñado de oligarcas juegan a instaurar a la Inteligencia Artificial en el rol que hasta hace poco tenían las religiones.
En consideración a la condición cardiaca del lector o lectora, me abstengo de traer las imágenes de un relato apocalíptico normal: no habrá invasión marciana, estallido nuclear, devastadoras consecuencias de una nueva pandemia, desastre natural o algún escenario tipo Walking Dead.
Me quedo con la reflexión simple sobre un orden internacional fracturado en donde el sistema de Naciones Unidas, las grandes fuerzas del mercado o la capacidad bélica de las super potencias son insuficientes para ofrecer un futuro de paz, estabilidad económica y mucho menos, prosperidad compartida.
Publicado en la edición más reciente de Foreign Affairs, Mark Leonard presenta el texto titulado “The Abandoned Order” con un subtítulo que lo dice todo: “aprender a vivir en un mundo post Americano”.
“Estados Unidos sigue siendo la principal potencia militar, económica y tecnológica del mundo. Sin embargo, resulta cada vez más evidente que Washington ya no tiene la capacidad de prevenir conflictos ni de garantizar el libre flujo del comercio a escala mundial; ni siquiera pudo abrir el estrecho de Ormuz después de que un Irán militarmente debilitado bloqueara dicha vía marítima”, señala en un texto de 12 páginas sin lágrimas por el sistema anterior en que el libre comercio y supuesto avance democrático apuntalaron el liderazgo estadounidense que, dice, seguramente no regresará con la salida de Donald Trump de la Casa Blanca en 2029.
De cara a la incertidumbre generalizada sobre el mundo que nos espera, el autor describe algunos de los riesgos derivados de la carencia de, siquiera, una versión compartida sobre lo que es la realidad internacional. Entre ellos, la posible utilización como armas de las múltiples interacciones existentes y el creciente abaratamiento de las capacidades tecnológicas de destrucción. Por concretas y viables, las opciones son aterradoras.
Como la archi citada historia de la rana hervida, no nos hemos dado cuenta de que estamos dentro de nuevas dinámicas bélicas que comienzan con la crispación cotidiana, se extiende a la rebelión de los adolescentes e incluyen el nuevo romance petrolero entre Trump-Putin.
No hace falta demasiada lucidez para poder visualizar los riesgos que implican la creciente polarización política al interior de una gran cantidad de países, o el poco disimulado darwinismo social tan fácil de documentar en el comportamiento de múltiples líderes políticos y grandes personalidades de un sistema internacional cada día más oligárquico.
No se trata, por supuesto, de añorar la Pax Americana que durante buena parte del siglo pasado permitió al gobierno estadounidense y sus aliados desempeñar el rol del policía mundial que, con todo y sus múltiples problemas, podía imponer reglas más o menos universales que garantizaban cierta estabilidad.
Darnos cuenta de que el peculiar estilo personal de gobernar el mundo del señor Trump será sustituido por una especie de vacío internacional en el que ni China, mucho menos Rusia, o ese prisma tan imperfecto que llamamos Europa tendrán ese papel, resulta bastante perturbador.
En una pista paralela, nos encontramos ante escenarios en que las fuerzas regionales de influencia serán capaces de construir burbujas de control tecnológico, económico y mental sobre de miles de millones de personas.
De lo que viene --digamos a partir del inicio de la cuarta década del siglo--, sabemos ya algunas cosas: será de estabilidad demográfica e inequidad económica: de más y nuevos avances tecnológicos; probablemente con mayores niveles de estupidez política; la democracia como “el gobierno de los muchos”. El tema de dos grandes bloques de poder lo podemos dar más o menos por descontado. El capitalismo chino versus el capitalismo americano.
En suma y en pocas palabras, después del fin de este mundo, vendrá otro mundo. Y antes de un nuevo arreglo global, muy probablemente, desorden y río revuelto.