Literalmente, Europa arde; en Francia, España, Italia, Grecia y hasta en Albania, multitudes de inconformes, sobre todo jóvenes, salen a las calles y llenan las plazas con protestas que suelen terminar en choques violentos con las policías antimotines. Con independencia de la cerrada elección en Brasil, América Latina se pinta de anaranjado (color Trump); con los dedos de una mano se cuentan los países que no se han rendido a la influencia del populismo de derechas. En India el “movimiento de las cucarachas” profundiza su rebelión contra Narendra Modi, quien hasta hace muy poco presumía ser “el líder político más popular del mundo”.
Que el humor social es malo es decir lo menos. Detectar el momento exacto en que pasamos de los memes de gatitos y perritos a la polarización social generalizada no es tan complicado: fue por ahí de 2018, cuando Facebook cambió su algoritmo de los “likes” por el MSI (Meaningful Social Interactions). Entender cómo la radicalización en el universo digital se transformó en rabia callejera es un reto mayor.
Ante el comportamiento de personajes como Donald Trump y Elon Musk, quienes han salido a prometer cientos o miles de millones de dólares en regalos, resulta casi obligado pensar en la orquesta del Titanic en su concierto del adiós.
Que somos testigos de un momento histórico tipo pre guerra mundial es algo bien sabido por quien sigue este espacio. También el reconocimiento de que sin “conciencia de clase” las grandes transformaciones no ocurren. Sin embargo, la coincidencia entre las razones objetivas y las subjetivas durante este otoño caliente sí debería ser motivo de alerta.
Obvio, las causas de la crispación son múltiples. En lo personal no compro el enfoque ideológico. Me inclino por la explicación sobre gobiernos que se hunden ante el peso de su corrupción y/o su cinismo, o sus fracasos para cumplir con lo más básico –seguridad, salud, movilidad. Pero el hecho es que nos encontramos en un momento histórico en el que para amplísimos grupos sociales la frustración y el enojo son cosa de todos los días.
A una semana de las elecciones de medio término en Estados Unidos resulta claro que lo que está en juego es mucho más que el balance político entre demócratas y republicanos. Más que el control de una o las dos cámaras legislativas o 36 gobernaturas en disputa. Además, por supuesto, de que del voto posible de 250 millones de personas depende el desenlace de las dos guerras regionales del momento –la de Rusia vs Ucrania y la de Estados Unidos e Israel vs Palestina-Irán.
Casi con independencia de los resultados electorales, estamos ante una verdadera encrucijada cultural, en el más amplio sentido de la expresión.
Al boom de la industria del miedo con que empezamos el siglo, siguió la promoción del odio por líderes populistas y barones de la comunicación global. Y en reacción casi natural al brutal embate de la A.I. sobre sus expectativos de futuro, la generación Z se decidió a salir buscar su destino en las calles.
No se trata propiamente de un fenómeno político, en el sentido tradicional. Más bien es algo emocional y por ende, potencialmente más poderoso.
“Las movilizaciones juveniles y estudiantiles han adquirido una dimensión internacional durante los últimos tres años. Desde las protestas de Bangladesh y Kenia en 2024 hasta los movimientos de Nepal, Madagascar y Marruecos en 2025, los jóvenes han protagonizado manifestaciones contra la corrupción, las dificultades económicas y las decisiones gubernamentales…”, se puede leer en un análisis universitario reciente que, además, enfatiza:
“La comparación internacional permite identificar tres tendencias: la ampliación de demandas específicas, el peso de las condiciones económicas en las expectativas de los jóvenes y el uso de plataformas digitales como herramientas de organización y difusión”.
México no es ajeno a esta madeja de inconformidad. Ni las protestas callejeras frente al Palacio de Gobierno de Jalisco, los recientes enfrentamientos en la plaza de la Constitución entre el “bloque negro” y los granaderos o el colapso del sistema de pensiones pueden ser cabalmente descifradas sin considerar (a) dinámica de enojo que domina la Social Media y (b) las maniobras políticas desde las cloacas del poder.
Por supuesto que no es un problema exclusivo de “las redes”, o “las presiones del imperialismo”. Vivimos un momento en que los reclamos populares se transforman de inmediato en confrontación política.
Ante ello, las grandes máquinas de propaganda oficial hacen malabares para intentar convencernos de que la culpa de todo es de “los de antes”, de las “élites” o de “los zurdos de mierda”. Pero a juzgar por lo que vemos en calles y plazas, ni el circo político, las “cajas chinas” e incluso la lluvia artificial de subsidios, becas y “acciones de SpaceX” han sido suficientes para mejorar el humor social que hoy padecemos.
Aunque en una de esas, toda la crispación desaparecerá mágicamente con las fiestas que vienen. A lo mejor se trata de una temporada de huracanes “normal”. Pero en una de esas, no.