No creo estar revelando ningún secreto profundo cuando afirmo que la esencia del periodismo tiene que ver con la dirección del viento. Si algo aprendí en mis casi dos décadas de reportero es: “timing rules”; esto es, que el sentido de oportunidad es el factor central que determina el valor de una historia periodística.
Sobre el actual lío ente la generosa intención gubernamental de defender “los derechos de las audiencias” y los sentidos reclamos de un amplio grupo de medios ante el muy probable regreso de la censura, francamente me parece una falso debate. Me explico:
Al igual que Sísifo --aquel rey de Corintia que, cuenta la mitología griega, en castigo por haber engañado al dios de la muerte fue condenado por toda la eternidad a empujar una enorme roca desde la base hasta la cima de una montaña para que, justo en el instante que llega a su destino, mágicamente es trasladado al comienzo--, el periodismo vive atrapado en el día a día.
Como con los alcohólicos aquí aplica perfecto aquello de “un día a la vez”. Por eso, el mundo de las noticias existe a partir de la idea de cada días sucede algo nuevo y extraordinario que debemos conocer.
En lo personal vengo de la generación de reporteros de los años 80, que se auto impuso la misión de criticar o al menos vigilar al poder (en parte para tomar distancia con el periodismo cómplice y matraquero). No tengo duda de que esa especie de militancia civil influyó de manera importante en el cambio de régimen, por lo cual encuentro cierta mezquindad en quienes desde la esfera de Palacio hoy satanizan periodistas.
Por supuesto que tiene razón la presidenta cuando defiende su programa matutino, “si no les gusta que le cambien”. De hecho, creo que con esa simple propuesta lo resuelve todo.
Para quienes nos ocupamos profesionalmente del tema de las comunicaciones resulta más o menos obvio que casi todo se trata de historias, de construir relatos a partir de los cuales elaboramos diversas versiones de “la realidad” (whatever that means). La famosa narrativa. Es ahí donde se encuentra el meollo del asunto que sí importa.
Es claro que esos relatos tienen una moraleja, muchas veces implícita. Incluso, casi por definición, deberíamos distinguir “lo noticioso” de “lo que realmente sucede”. Y aunque debemos reconocer que es posible elaborar esas historias con hechos reales pero con una intención falsaria, parece obvio que concentrar en un gobierno, religión o magnate la última palabra sobre “lo verdadero”, no es una buena idea.
Por supuesto que los hechos importan. La objetividad también. Pensar al periodista como una especie de “testigo profesional” es la mejor manera que encuentro para explicar un oficio que, por otro lado, es cada día menos valorado socialmente.
Los periódicos agonizan, –menos del 4 por ciento de las personas los leen--, por ende ya ni para envolver pollo sirven. Lo de hoy tampoco son los portales sino las “noticias” que nos ofrece la inteligencia artificial.
De ninguna manera intento sugerir que el tema de la comunicación sea irrelevante; al contrario. Todo apunta hacia un mundo en el que miles de millones de personas habitaremos dentro de alguna de las burbujas de contenido diseñadas por los algoritmos, circuitos y fierros de la Big Tech.
En otras palabras, somos seres cada día más mediáticos, pero seguimos actuando a partir de formatos y modelos de negocios de hace medio siglo. Para empezar, en estos tiempos interesantes el nombre del juego se llama entretenimiento y el lenguaje dominante es el video.
Aquí es donde el asunto del viento es fundamental. Por necesidad propia los medios ajustan su visión del mundo de acuerdo con las maneras en que sus audiencias perciben la realidad. Si algo nos enseña la experiencia es que la opinión pública es una veleta. Con asombrosa frecuencia los héroes de hoy serán los villanos de mañana.
Sin embargo, pareciera que no queremos ver. Seguimos anclados en una dinámica de barricadas en la que, por un lado están los medios del gobierno y los pro gobierno: más propaganda que información. Por el otro lado hay diversos espacios con agendas distintas que, con mayor o menor fortuna, intentan resistir la fuerza gravitacional del aparato estatal.
Ha habido cambios de bando, por supuesto. Ganadores y perdedores, también. Pero en lo fundamental seguimos a la deriva, en el mar de la polarización que tanto criticamos.
De vuelta al tema del viento: A nivel global vemos el choque de las corrientes discursivas del juego bélico de Trump sobre la “decapitación” de Irán, mientras al mismo tiempo juega a la ruleta rusa con los mercados financieros globales. En México, tenemos el tornado con los detalles sobre los políticos narcoterroristas (morenos) versus el regreso de un huracán provocado por los políticos huachicoleros (“los de antes”).
A pesar de que vivimos al ritmo del “scrolleo” de nuestro dedito en las mini pantallas, la atención periodística suele quedarse atrás. La siembra de vientos provoca tempestades que ya nadie controla.