Temporada de caza

  • Tiempos interesantes
  • César Romero

Ciudad de México /
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En la más reciente película del gran Steven Spielberg –Disclosure Day--, a la chica encargada de dar el pronóstico del tiempo en una estación de televisión en Kansas City el destino le otorga la tarea de dar la noticia más importante de todos los tiempos: confirmar que no estamos solos en el universo. E.T. siempre fue real.

No tan espectacular, pero para quienes se ocupan del reporte del clima político en Estados Unidos es sabido que el próximo fin de semana arranca la recta final del próximo proceso electoral en Estados Unidos. En otras palabras, se abre la temporada de caza.

Además de las sutiles señales del fin del verano –ya no es cool el uso de colores claros y telas floridas en escenarios formales-- inicia el periodo de grandes noticias y revelaciones periodísticas que construirán la narrativa dominante entre los 150 millones de ciudadanos y ciudadanas que pueden acudir a las urnas el primer martes de noviembre.

Como con la presencia de seres extraterrestres en la cinematografía de Spielberg y por ende en la imaginación de media humanidad, no se necesita ser adivino para saber qué platillos habrá en el menú del otoño. No, no serán patos, ni venados, sino una especie más cotizada dentro de la industria mundial del Breaking News: los “narcoterroristas” y, en especial, la variante de políticos corruptos a su servicio.

Los clásicos –de Maquiavelo a Clinton- saben que el asunto que más le duele a la gente real está en sus bolsillos, lo cual es una pésima noticia para el sueño del imperio de los mil años del señor Trump. Además, ni sus bombardeos de aranceles contra Canadá y el resto del mundo ha podido detener el avance de China. Seguramente ni sus fans más entusiastas se creen que se están ganando las guerras en Ucrania, Gaza o Irán.

Es cierto que todavía le queda el atrincheramiento ideológico. La rancia retórica sobre los malvados comunistas o cualquier otra “izquierda radical” que amenazan con comerse a los niños americanos, violar sus mujeres (blancas) y peor, cuestionar las fortunas más obscenas de esos ciudadanos de bien que creen en un dios evangélico, protector de la Segunda Enmienda y están dispuesto ejercer su justa venganza contra todos sus enemigos.

El avance electoral de las derechas extremas en demasiados países constituye una clara demostración de que la fórmula política de la avaricia, la discriminación y el miedo sigue dando resultados (aunque, al final del día, el empuje desde la izquierda cuenta un cuento bastante parecido).

Sin embargo, en pocos lugares del mundo es más grande la oposición a Trump que dentro de su propio país. Es notorio el avance de figuras que se identifican a sí mismo como progresistas dentro del espectro de las izquierdas y hasta algunos que profesan una religión no cristiana. Así como la creciente irrupción de la generación Zeta –sí esas “cucarachas” que sacuden sistemas autoritarios y anquilosados.

Así es, en la batalla por construir el humor social que definirá el balance de fuerzas dentro de Washington en los últimos dos años de la Administración Trump, dos escenarios latinoamericanos pueden estar en la agenda de grandes noticias de temporada (esto, es, como parte del menú). El primero supone el cabal derrocamiento, 67 años después, del régimen castrista en Cuba; para lo cual no debería ser tan complicado provocar el soplido final contra un caballero de 95 años de edad, el general Raúl Castro Ruz.

Envalentonado con su golpe relámpago del pasado 6 de enero contra Nicolás Maduro en Venezuela, la Operación Habana está más que cantada. Sobre todo, si Marco Rubio le llega al precio a la dinastía de los Castro y a GAESA, la empresa estatal que controla lo que queda de la economía de la isla.

El segundo platillo también ya muy publicitado es la ofensiva contra los políticos corruptos que, ¿desde siempre? han ofrecido protección e impunidad a los terribles carteles de narcoterroristas mexicanos que, con perversidad y saña, le han arrebatado la vida a cientos de miles de inocentes jóvenes y niños estadounidenses.

Con la mira apuntando a figuras políticas cercanas a López Obrador, aquel “presidente socialista” con quién Trump hizo tan buenas migas, el aparato de justicia, político y de propaganda de Estados Unidos presiona al gobierno mexicano actual para obtener los más altos niveles de colaboración efectiva. Y aún así, quieren más.

Lo único que no han obtenido es el beneplácito explícito para una serie de operativos encabezados por algún tipo de “fuerzas especiales” dentro de México, en los cuales se producirían los videos de calidad suficiente para su consumo masivo en noticiarios, redes y películas. Aunque, de acuerdo con el artículo 1 de la Ley de la Selva, tampoco lo necesitan.

La apuesta es más que obvia: si un discurso de satanización contra los inmigrantes mexicanos y la promesa de un muro (inútil) le sirvió para llegar a la Casa Blanca, seguramente la exhibición de algunas cabezas de “políticos mexicanos corruptos”, le permitirá mantener su poder. Y, de pasada, dirían los suyos, frenar el crecimiento de la nefasta influencia de George Soros en nuestro país.

Así, a falta de una narrativa del tamaño de la imaginación de Spielberg, con una apuesta a la ideología y los golpes propagandísticos, el régimen Trumpista está en modo de cacería.


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