La justicia tiene una deuda con Dafne. Y cada día que pasa sin una sentencia por la agresión sexual que sufrió hace siete años, esa deuda se hace más grande.
Tenía seis años cuando vivió aquella pesadilla. Hoy, esa niña que debía contar su verdad en un tribunal ya no podrá hacerlo. Le arrebataron la vida de una forma atroz en la academia militarizada Doenitz.
Este viernes inicia una etapa que debió llegar mucho antes. En el Tribunal Unitario de Enjuiciamiento en El Mante, se abrirá el juicio oral por el presunto delito de violación equiparada en agravio de Dafne.
La audiencia carga con una ausencia imposible de ignorar: la de la propia víctima, quien se preparaba psicológicamente para señalar a su agresor.
Mientras el expediente avanzaba a cuentagotas entre diferimientos, amparos y argucias legales, el proceso seguía su curso. La vida de Dafne no.
Hoy su madre, Alejandra Quintos, tendrá que sentarse en esa sala y escuchar durante horas la historia que durante años calló para proteger a su hija del morbo. Hoy busca que los tecnicismos, recursos legales, los retrasos institucionales pero sobre todo el compadrazgo y el influyentismo, no prolonguen la impunidad ni revictimicen a Dafne.
El caso obliga a preguntar cuántas veces más una víctima tendrá que esperar años para que el sistema haga lo que debe hacer: escucharla, protegerla y resolver.
Una justicia tardía siempre deja heridas profundas. Y en este caso, llegará tarde -si es que llega- para una niña que ya no puede estar ahí para reclamarla.
La víctima ya no podrá presenciar el desenlace. La sentencia que habrá de recaer sobre su propio padre. Además del hecho denunciado, también se deberá poner bajo la lupa si el sistema permitió que el tiempo jugara a favor de quien era señalado y en contra de quien pedía justicia.
Los ojos de México -y más allá de nuestras fronteras- estarán puestos en el veredicto judicial, que se estima llegue en dos meses. Se pone a prueba qué tan capaz es la justicia tamaulipeca para responder ante una víctima que ya no puede hablar por sí misma.
Dafne no tendrá una segunda oportunidad para contar su historia; ahora le corresponde al tribunal demostrar que su voz, aunque silenciada, todavía puede encontrar justicia.