En Matamoros, una niña de siete años terminó pagando con su vida una violencia que no le correspondía. Salió de casa con su madre y hermanos, y quedó atrapada en una jornada de bloqueos, incendios y balaceras desatada tras la detención de un presunto mando criminal.
Aranza, a quien su familia llamaba cariñosamente “La China”, regresaba al hogar cuando recibió un disparo en la cabeza. Su madre también resultó herida, al igual que uno de sus hermanos. La pequeña murió y Claudia Pardo inició una doble batalla: exigir justicia por la muerte de su hija y recuperarse de las lesiones que ella misma sufrió.
De acuerdo con la historia de mis compañeros Ángel Domínguez y Cassiel Herrera de MILENIO-MULTIMEDIOS, la madre sostiene que un helicóptero de la Guardia Estatal siguió la camioneta familiar y que desde la aeronave se realizaron disparos. Su versión es una de las principales líneas de investigación de la Fiscalía de Justicia de Tamaulipas, que busca establecer el origen del proyectil recuperado del cráneo de la menor mediante pruebas balísticas.
La Secretaría de Seguridad Pública confirmó que una aeronave suya realizaba labores de reconocimiento y sostuvo que, de acuerdo con información preliminar, recibió agresiones desde tierra que fueron repelidas. Sin embargo, ese posicionamiento no resuelve la pregunta central: de dónde salió el disparo que mató a Aranza.
La Fiscalía tiene por delante una investigación que no admite atajos ni conclusiones anticipadas. Si hubo un uso indebido de la fuerza, tendrá que haber consecuencias. Y si la responsabilidad corresponde a otros actores, también deberá demostrarse.
Claudia Pardo recibió información extraoficial sobre la presunta detención de cuatro elementos que iban en el helicóptero, pero ninguna autoridad se lo había confirmado.
En aquella jornada de violencia hubo otras cinco personas fallecidas, también ajenas a los grupos criminales. Seis vidas perdidas en una ciudad que quedó atrapada entre la reacción delictiva y los operativos de seguridad. No son daños colaterales que deban normalizarse ni cifras que puedan diluirse en un parte informativo.
Aranza tenía siete años, le gustaba cantar y apenas comenzaba a vivir. Su madre no está pidiendo un discurso, una condolencia ni una explicación a medias. Está pidiendo justicia.