“La personalidad es una hazaña del coraje supremo de vivir, de la afirmación absoluta del ser individual y de la adaptación más exitosa a lo dado universalmente, junto con la mayor libertad de decisión propia”, sostuvo Carl Jung (psiquiatra y psicólogo), al referirse a la “organización interior” de los humanos. Desafortunadamente el científico suizo, no se adentró en la personalidad “anormal” de algunos políticos cuando ostentan un cargo y se comportan con excesos, desorden y desmesura. Sus pasiones en el cargo los vuelve locos y sus deformaciones los catapulta.
Me contaron que un ex gobernador de Quintana Roo, mandaba traer de Cuba bailarinas del Tropicana en el avión del gobierno del estado para su diversión o, que decir de aquella ex embajadora que alegraba sus bohemias con acompañantes del Parisien (hotel nacional), también de Cuba. Bonito y sabroso diría Benny Moré.
Y es que el culto a la personalidad del político en México con sus excesos, raya en la conducción lisonjera que muchos exigen como sinónimo de buen trato y respeto. Ya Don José Emilio Pacheco en las batallas en el desierto hizo referencia a ese culto: “La cara del Señor presidente en donde quiera: dibujos inmensos, retratos idealizados, fotos ubicuas, alegorías del progreso con Miguel Alemán como Dios Padre, caricaturas laudatorias, monumentos. Adulación pública, insaciable maledicencia privada…”
Sin embargo, los políticos no se dan cuenta que esos cultos de solicitar veneración a su persona los alegan del ciudadano que está harto de lujos y accesorios fatuos. Ante esas prácticas, el nuevo gobierno federal que esta por entrar ha puesto el dedo en la llaga en contra de esas “tradiciones culturalizadas”.
¿Cambiará la clase política donde muchos dan rienda a sus excesos? Urge austeridad y prudencia en el ejercicio del poder. El ciudadano está harto de extravagantes y locos…
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