En mi pasada entrega señalé que el PRI en Coahuila continúa funcionando como un auténtico partido de Estado, sostenido por una estructura política que durante décadas aprendió a operar desde las instituciones, el territorio y los mecanismos de control administrativo.
Advertí también que Morena enfrenta un problema de fondo: sus divisiones internas, la ausencia de cohesión y la disputa permanente por las posiciones, a varios los define y los muestra tal cual son. Esa debilidad, termina beneficiando al priismo coahuilense.
Ahora bien, ya desde Aristóteles existía una preocupación profunda sobre la degradación de las formas de gobierno.
El filósofo advertía que toda organización política corre el riesgo de corromperse cuando abandona el bien común y convierte la conservación del poder en su objetivo principal.
La política pierde entonces su dimensión ética y termina reducida a mera estrategia de permanencia.
Y aquí aparece Maquiavelo, entendido en su lectura más precisa: el fin parece justificar los medios, aunque esos medios resulten perversos, corruptos o moralmente inadmisibles.
Quizá ahí radica una de las fortalezas históricas —y también una de las deformaciones más peligrosas— del priismo coahuilense. Entendieron el poder no solamente como administración pública, sino como control político de largo plazo.
Construyeron una cultura de disciplina territorial, operación electoral y permanencia institucional que todavía hoy continúa generando resultados.
Basta observar cómo, históricamente, distintos espacios estratégicos del estado de Coahuila han terminado bajo una lógica de influencia y control político.
El Poder Judicial no escapa a esas percepciones ciudadanas. Tampoco mi alma mater, la Universidad Autónoma de Coahuila.
Aunque la UAdeC mantiene uno de los pocos modelos en el país donde el rector es electo mediante voto universitario, en el fondo persiste la sensación de que las decisiones reales suelen transitar previamente por los márgenes del poder político estatal.
Las elecciones terminan entonces legitimando procesos previamente definidos. Pero esas, esas son otras historias.
Morena enfrenta hoy un dilema político de enorme profundidad. Porque no basta el discurso transformador ni la narrativa de la Cuarta Transformación para desmontar estructuras de poder que llevan décadas operando con eficacia.
Se requiere organización, cohesión interna, formación política y, sobre todo, autoridad moral frente a los Coahuilenses, donde la Comarca Lagunera es pieza central.
Podemos suponer entonces que el verdadero riesgo para Morena no proviene solamente del aparato priista, sino de la posibilidad de convertirse gradualmente en aquello mismo que prometió combatir.
Porque varios de sus cuadros provienen precisamente de prianistas y en ciertos casos, han terminado adaptándose con demasiada facilidad a las viejas prácticas de operación política.
En el argot político, sería una suerte de gatopardismo mejorado: cambiar algo para que, en el fondo, casi todo permanezca igual.
Los movimientos sobreviven cuando consiguen construir legitimidad moral frente a la sociedad. Ahí se encuentra quizá el principal reto de Ariadna Montiel y Citlalli Hernández, dirigentes nacionales de Morena con enorme responsabilidad en esta etapa.
Citlalli conoce bien las formas de operación política del norte del país y entiende las estrategias históricas del priismo coahuilense.
Ha sido testigo de cómo el animal prehistórico no solamente sigue vivo, sino de cómo todavía continúa moviéndose con eficacia electoral y resultados concretos.
Porque el verdadero desafío para la Cuarta Transformación en Coahuila no consiste únicamente en ganar elecciones.
El reto es desmontar una cultura política construida durante décadas alrededor del control, la disciplina y la permanencia del poder. Ganar una elección puede ser un episodio; transformar una cultura política es una tarea histórica.
Las próximas elecciones en Coahuila se antojan complejas y complicadas. El PRI piensa que puede resurgir de las cenizas y llevarse “carro completo”, sin embargo, Coahuila representa un campo político extraño donde la autoridad electoral, la ciudadanía y Morena deberán cuidar con especial atención la democracia.
Porque ahí donde el PRI parece dislocarse y extinguirse, todavía conserva resortes, reflejos y estructuras de sobrevivencia.
Mientras tanto, el dinosaurio sigue moviendo la cola.