Hay momentos en la vida pública donde sus actores tienen que hacer un alto y tomar fuerzas para seguir adelante. Mirar hacia adentro. Discernir.
Y eso fue en el fondo, lo que planteó Ariadna Montiel en el Consejo Nacional de Morena al recibir la estafeta de la dirigencia nacional al afirmar que: “este momento exige claridad hacia adentro”. Una especia de psicoanálisis político.
Y cuando un movimiento político habla de examen de conciencia, deja de hablar únicamente de estrategia y comienza a hablar de lo que falla, de lo que duele y de aquello que hay que cambiar.
En su discurso, la ex secretaria del Bienestar no se quedó en la retórica y en lo demagógico: advirtió que no se tolerará la corrupción en ningún gobierno emanado de Morena.
Y fue clara en algo que sin duda incomodó a muchos: los y las que aspiren a una candidatura en el 2027, deberán tener una trayectoria impecable y transparente. No bastará con ganar encuestas.
Y me parece oportuno que proponga hacer a un lado a quienes practican la corrupción. En términos políticos, como se dice en el barrio darles cuello.
Morena no surgió como una élite clasista, sino como una aspiración colectiva desde abajo, desde ese México profundo que bien retrató Guillermo Bonfil Batalla.
Un movimiento que se legitimó en la esperanza de que las cosas podían ser distintas.
Traicionar ese origen no es solo un error político, es falta de congruencia e identidad. Y así lo dibujó al señalar los orígenes del movimiento.
En términos teóricos la política no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar el bien común.
Cuando el político busca el poder por el poder, cuando se deja seducir por la vanidad y la fama que se construyen alrededor del cargo, se vuelven peligrosamente locos de poderío que los enferma y los hace casi levitar.
Por eso el aviso es medular: no se trata solo de ganar, sino de merecer.
No se trata solo de competir, sino de representar. Porque cuando el poder se convierte en un fin, todo lo demás (el pueblo, la ética, la causa) se vuelve accesorio.
Sin entrar a los medios que a veces son inconfesables. A esos les debe llegar la barredora de los buenos…
Porque no basta con identificar al corrupto evidente. El verdadero reto está en detectar al simulador, al que construye discursos impecables, pero carece de sustancia moral. Y ahí el problema es más fino, más complejo, más peligroso.
Como bien advertiría el filósofo político Michel Foucault, el poder no siempre se impone: también se infiltra, se normaliza, se disfraza de virtud.
Por eso el examen de conciencia no puede ser solo retórico. Tiene que ser real, que sacuda a quienes han traicionado, robado y mentido.
La gran apuesta que vive Morena en este momento no es menor que me llevan a preguntarme:
¿Puede un movimiento político someterse a una autocrítica real sin romperse? ¿Puede cribar sin excluir a su esencia? ¿Puede filtrar sin perder su raíz popular?
Estoy convencido que sí, y en ese sentido la transformación podrá decirse irreversible.
Pero en la realidad, depende de algo mucho más exigente: la coherencia moral de quienes la encarnan y de quienes ejercen el poder para servir y no para servirse.
Y eso no se mide en encuestas, se mide en una trayectoria implacable donde la criba y el filtro deben estar presentes en todos los miembros del movimiento, sobre todo, en los que ejercen el poder para que no roben, mientan y traicionen al partido y al movimiento.