De política, religión y futbol

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  • Cuauhtémoc Carmona Álvarez

Laguna /
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Hay tres temas capaces de encender los ánimos, dividir familias, fracturar amistades y convertir una sobremesa apacible en un auténtico campo de batalla: la política, la religión y el futbol. 

Los tres comparten un componente que pocas actividades humanas despiertan con semejante intensidad: la pasión.

Y no me refiero a la pasión romántica, esa que tantos poetas han elevado a los altares del sentimiento como la de Benedetti, mi poeta preferido, sino a aquella fuerza interior que profundiza nuestras convicciones, alimenta la fe, fortalece la militancia, sostiene la fidelidad y convierte los principios y valores en razones para vivir. La teleología diría mi maestro de ética y moral.

Gracias a lo que nos apasiona y anima, somos creyentes de una religión, simpatizantes de un movimiento político o seguidores de un equipo de futbol, incluso cuando este último parece empeñado en hacernos perder la fe como estaba sucediendo con mi Santos Laguna.

De ahí aquella vieja advertencia de que en ciertas mesas resulta prudente no hablar de política, religión ni futbol. Una recomendación que siempre me ha parecido un tanto utópica, porque el ser humano es, por naturaleza, un ser de lenguaje.

Ya Aristóteles (siempre Aristóteles), sostenía que el hombre es un animal político dotado de logos, palabra y razón. 

En su Política recomienda distinguir lo justo de lo injusto, lo conveniente de lo perjudicial y el bien del mal. Hablar de política no constituye una extravagancia, sino una manifestación de nuestra propia naturaleza racional.

Ahora que Morena ha definido sus 17 coordinaciones estatales rumbo a las gubernaturas de 2027, conviene reflexionar sobre la legitimidad, naturaleza y finalidad de ese poder.

Las inconformidades que acompañaron estos procesos son naturales. 

La forma en que Ariadna Montiel y Citlali Hernández dirigentes en MORENA llevaron el proceso estuvo puntual y con un mensaje claro: ser el más conocido, el más popular o incluso el mejor posicionado en una encuesta no concede, por sí mismo, ningún derecho moral ni político a ser elegido. 

La popularidad es un atributo, no una virtud. Y, además, las trayectorias de vida y el rechazo al nepotismo.

Porque una encuesta puede medir preferencias entre la militancia, pero no sustituye el juicio ético ni absuelve conductas de la preferencia general, de los indecisos y de quienes participaran en una elección constitucional.

El pueblo no es patrimonio de los dirigentes ni propiedad de las camarillas. Tampoco es una masa disponible para legitimar decisiones tomadas de antemano por acuerdos y negociaciones.

Y aquí viene a cuento Marvin Harris y su obra “Jefes, cabecillas y abusones” donde examina el surgimiento de las jerarquías, el prestigio y las formas de dominación. 

Los tiempos han cambiado, aunque ciertas prácticas políticas parezcan empeñadas en sobrevivir a la historia y donde abusones y cabecillas busquen imponer candidatos.

Pero sería una ingenuidad suponer que Morena está exento de esas mismas tentaciones. Ningún movimiento político adquiere inmunidad moral por proclamarse transformador. 

Su mayor desafío consiste en evitar que los intereses económicos, los grupos y las camarillas terminen reproduciendo precisamente aquello que prometió combatir.

El caso de Baja California Sur resulta ilustrativo. Manuel Alejandro Cota, hijo del exgobernador Leonel Cota Montaño, obtuvo la coordinación estatal mediante el procedimiento de encuestas de Morena y sus aliados o el de Lorenia Valles en Sonora o que decir de Eugenio Segura en Quintana Roo. 

Sus designaciones frente a otras aspiraciones y preferencias políticas fuertes permitieron recordar que ninguna corriente interna puede reclamar para sí la propiedad de una candidatura.

Porque en la política, como en la religión y el futbol, se vale tener afectos, simpatías y preferencias. 

Lo inadmisible es confundir esos afectos con derechos de propiedad sobre las instituciones. 

El poder no es un bien que se posee, sino una responsabilidad que se ejerce cuando el pueblo lo delega. Antes no.

La pasión necesita de la razón para no convertirse en fanatismo, y el poder necesita de la virtud para no degenerar en dominación. 

Una democracia que olvida al pueblo termina justificando los intereses de quienes hablan en su nombre. 

Porque el poder sin principios se corrompe, la popularidad sin virtud se desvanece y la política sin el demos (pueblo), pierde su razón de ser.

Y mientras tanto, el alto mando editorial de Milenio Laguna nos lo permita, seguiremos pensando y escribiendo sobre pasiones, entre ellas, la política, la religión y el futbol.


@cuauhtecarmona

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