¿El mal vence al bien? Reflexiones sobre semana de pascua

  • Agora
  • Cuauhtémoc Carmona Álvarez

Laguna /

En mi entrega pasada escribí sobre el proceso contra Jesucristo lleno de vicios e ilegalidades citando a Ignacio Burgoa en su obra del mismo nombre. 

Y no como un episodio meramente religioso, sino como un caso paradigmático de cómo el mal puede institucionalizarse, normalizarse y, peor aún, justificarse desde las estructuras de poder.

Superada la Semana Santa, la Pascua nos ofrece un punto de partida distinto. 

No en un sentido estrictamente religioso, sino moral —incluso estoico—, donde el mal no aparece como un accidente aislado, sino como una realidad subyacente al bien. 

Porque si algo nos recuerda la narrativa pascual, es que incluso en el momento de mayor oscuridad, el bien no desaparece… pero tampoco elimina al mal.

Y ahí radica la tensión.

Porque el mal sigue siendo una palabra polisémica, un desafío abierto para la filosofía, para las ciencias y para cualquier intento serio de comprensión. 

Determinar su origen no es sencillo, y menos cuando tenemos tan fresco el ejemplo del proceso contra Jesucristo, donde la injusticia no solo ocurrió, sino que fue validada, procesada y ejecutada bajo formas aparentemente legales.

En esa misma línea de incomodidad, Marcel Neusch, en su obra El enigma del mal, ofrece una aproximación más sobria y honesta: no pretende clausurar el problema ni reducirlo a una fórmula, sino acompañar su complejidad. 

Más que una teoría cerrada, plantea una conciencia abierta: entender que el mal no es un accidente marginal, sino una realidad que atraviesa la experiencia humana y que exige algo más que explicaciones… exige responsabilidad.

Y en ese mismo horizonte, el tiempo pascual no teoriza sobre el mal, pues no es su fin, sin embargo, se narra con detalle en los evangelios. 

Y en ese gesto —más existencial que doctrinal— deja planteada una vía distinta: no la de comprender plenamente el mal, sino la de no someterse a él.

Y esto no es un asunto menor. Es, en el fondo, una de las preguntas más persistentes de la filosofía: 

Qué es el mal, de dónde surge y por qué, a pesar del paso del tiempo como si fuera un tema inherente al ser humano y saber la gradualidad del mal en cada uno de nosotros.

Reconozco como un tema que me atrapa y que muy probablemente se convierta en el eje de mi tesis para obtener el grado de maestro en filosofía: entender el mal no como abstracción, sino como fenómeno real que opera en estructuras, decisiones y omisiones. 

Mi tesis pretenderá comprender y describir la expresión más radical que desde un carácter simbólico, el mal en términos extremos alcanza denominaciones que entran en lo demoníaco y lo diabólico.

Esa será una aventura académica. La representación extrema del mal para muchos filósofos desde los clásicos siempre ha sido inquietante. 

Porque deja de ser únicamente pensante para rozar lo inexplicable: lo que algunas tradiciones llaman lo paranormal y lo que, desde otro ángulo, la psiquiatría intenta nombrar, clasificar y contener.

Hoy, como hace más de dos mil años, las historias de injusticia, desorden y maldad no han desaparecido; las seguimos arrastrando. 

El reto no está solo en comprenderlas, sino en responder: en transformar estructuras, cuestionar formas de pensar y reconfigurar nuestras maneras de actuar.

Porque al final, el problema del mal no se resuelve en el plano de las ideas, sino en el terreno de la realidad. No desaparece por nombrarlo mejor, ni se disuelve en categorías más refinadas. Permanece. 

Se transforma. Se infiltra.

Si algo enseña la experiencia —más allá de toda teorización— es que el mal no necesita imponerse con estruendo. Le basta con que dejemos de enfrentarlo. 

Pero el bien tampoco desaparece y el duelo se vuelve mitológico, histórico, dialectico, etc.

Por fortuna el bien se impone de otra manera: sin ruido, sin espectáculo, pero dejando un eco persistente, una estela de celebración y de gozo que, aun en medio de la tensión, recuerda que no todo está perdido y que puede vencer a pesar de las traiciones, la maldad, la injusticia y lo demoniaco. 

Resurgir del mal o de la muerte, por ejemplo…

¡Felices pascuas!

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