Conocí Sapioriz municipio de Lerdo, Durango en el año 2008 cuando un grupo de cantantes (cardencheros), ganaron el Premio Nacional de Ciencias y Artes en la categoría de artes y tradiciones populares.
En aquel tiempo trabajaba en la SEP y fungía como secretario técnico de dichos galardones y fue para mí, como Lagunero, una gran noticia además de ser portavoz y puente para que los Cardencheros recibieran el máximo galardón que otorga el gobierno de México.
El canto cardenche nace del alma. Es una de las expresiones musicales más profundas del norte de México: una polifonía que prescinde de instrumentos porque las voces humanas bastan para expresar la nostalgia, el desarraigo, el dolor y la esperanza.
Su nombre proviene del cardenche, esa planta espinosa del desierto que, al rozarla, se adhiere a la piel y deja una herida difícil de olvidar.
Quizá por ello no resulte exagerado afirmar que hoy también existe un nuevo canto cardenche en la Comarca Lagunera.
No es el que interpretan los guardianes de esta tradición (extinguiéndose), sino el que surge desde diversos sectores sociales que observan con preocupación los riesgos ambientales de que una planta de fertilizantes-Fermachem-, opere en Sapioriz, Durango tierra de los cardencheros.
La Comarca Lagunera arrastra un problema estructural de estrés hídrico. No es una crisis reciente ni producto de una sola administración.
Es la consecuencia de políticas públicas pospuestas, de decisiones cortoplacistas y, en muchos casos, de gobiernos incapaces de administrar con visión social el recurso más valioso para cualquier comunidad: el agua.
Ese contexto explica por qué el debate alrededor de Fermachem despierta muchas dudas. No se trata de una fábrica de dulces o de bombones.
Es una planta de fertilizantes cuya naturaleza exige de escrutinio ambiental, técnico y social riguroso, científico pues como lo ha de solicitar la presidenta Claudia Sheinbaum a SEMARNAT, más allá de los intereses económicos y políticos que no se escapan.
Sería un error reducir esta discusión a una confrontación entre quienes están a favor del desarrollo y quienes están en contra de él. Ningún lagunero en su sano juicio debería oponerse al crecimiento económico, a la inversión o a la generación de empleos. La pregunta de fondo es:
¿Qué tipo de desarrollo queremos construir y en qué condiciones?
En tiempos marcados por el cambio climático, la sobreexplotación de los acuíferos y el deterioro ambiental, el progreso solo será sustentable si es compatible con el medio ambiente, la transparencia y la protección del patrimonio natural, incluyendo el canto cardenche donde la Secretaria de Cultura, Claudia Curiel de Icaza, debe velar por la preservación y conservación del canto lagunero polifónico en extinción.
El verdadero desafío para las autoridades no consiste en convencer a la sociedad de que un proyecto es bueno, sino en demostrarlo con evidencia científica, transparencia absoluta y una comunicación permanente con la ciudadanía.
La licencia social de una obra no se decreta; se construye.
Los cardencheros nos enseñaron que el desierto tiene voz. Hoy esa voz vuelve a escucharse desde Sapioriz. Sería un error confundirla con un obstáculo para el desarrollo.
Quizá sea, por el contrario, la conciencia de una región que ha aprendido —después de décadas de promesas incumplidas— que el progreso verdadero no consiste únicamente en atraer inversiones, sino en garantizar que el crecimiento económico, la protección del medio ambiente y la dignidad de las comunidades puedan caminar en la misma dirección.
Porque, al final de cuentas, los pueblos olvidan los discursos, pero jamás olvidan las decisiones que transforman para siempre el lugar donde nacieron.
Ojalá que, dentro de algunos años, cuando alguien vuelva a escuchar el canto cardenche en el desierto lagunero, pueda hacerlo con la certeza de que el desarrollo y la naturaleza no fueron adversarios, sino aliados de una misma historia y que el cardenche lagunero sigue más vivo que nunca.