Libertad de mentir

  • Agora
  • Cuauhtémoc Carmona Álvarez

Laguna /

Ayer celebramos el Día de la Libertad de Expresión, pero pareciera que, en tiempos de crisis de valores, de identidad y de claridad intelectual, poco tenemos que celebrar. Vivimos una época paradójica. 

Nunca habíamos tenido tantos medios para comunicarnos y, sin embargo, nunca había sido tan fácil deformar la verdad.

Las redes sociales, los algoritmos, los intereses económicos y políticos, e incluso las nuevas herramientas de inteligencia artificial, han creado un ecosistema donde muchas veces importa más el impacto que la veracidad, más el clic que el hecho, más la narrativa que la realidad donde algunos despachos en comunicación digital se venden al mejor postor como aquella cabaretera que nos narra la canción “Luces de Nueva York”, con la inconfundible Sonora Santanera.

Y ayer, oportunamente, felicité en mis redes sociales a quienes ejercen la libertad de expresión con verdad, honestidad, lógica, fundamentos, ética y responsabilidad. 

Y, por el contrario, cuestionaba a quienes mienten, difaman, calumnian y convierten la expresión pública en un vulgar negocio al servicio de intereses ajenos o al mejor postor sin importar la información y la ética pública.

En días pasados, por poner un ejemplo, circuló de manera dolosa y falaz una campaña contra el gobernador de Baja California Sur, Víctor Manuel Castro Cosío, expresando que el Gobierno de los Estados Unidos le habría retirado la visa a él y a una decena de funcionarios estatales. Una campaña orquestada no tengo duda.

La versión se propagó con velocidad, fue compartida por unos, celebrada por otros y utilizada como munición política por muchos más. 

Sin embargo, conforme transcurrieron las horas, las pruebas nunca aparecieron y los hechos simplemente no correspondieron con la narrativa construida.

Porque una cosa es ejercer la crítica y otra fabricar versiones. Una cosa es fiscalizar al poder y otra construir rumores. Una cosa es informar y otra manipular.

La libertad de expresión debe defenderse para vigilar a los gobiernos, señalar errores, denunciar abusos y exigir cuentas. 

Pero cuando se utiliza para difundir rumores, insinuaciones o falsedades deliberadas, deja de ser una herramienta de la democracia para convertirse en un instrumento de manipulación.

Las redes sociales han convertido la opinión en mercancía, los algoritmos premian el escándalo por encima de la reflexión y la velocidad de la información suele imponerse sobre su verificación. 

Lo falso viaja más rápido que lo verdadero porque apela a las emociones antes que a la razón.

Por ello, más que celebrar la libertad de expresión, deberíamos reivindicar la verdad como condición indispensable de ella. 

Porque cuando la mentira se disfraza de información y la calumnia se presenta como periodismo, ya no estamos frente al ejercicio de una libertad, sino ante la degradación de la palabra pública y más, cuando se ejerce desde al anonimato.

Una democracia puede sobrevivir a la discrepancia, a la crítica e incluso a la confrontación de ideas. 

Lo que difícilmente puede soportar es la normalización de la mentira. 

Porque al final, la libertad de expresión sin verdad corre el riesgo de convertirse simplemente en libertad de mentir y celebrar a los mentirosos.

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