Morena: la prueba de gobernar y permanecer

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  • Cuauhtémoc Carmona Álvarez

Laguna /
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Las transiciones y movimientos políticos suelen enfrentar dos momentos: ganar elecciones y aprender a permanecer en el poder sin perder aquello que les dio origen. Morena ya superó el primero.

Su irrupción en el 2018 no puede explicarse sin el hartazgo acumulado durante el regreso del PRI a la Presidencia. 

Para muchos mexicanos, aquel ciclo terminó asociado con corrupción, privilegios, impunidad y viejas prácticas que parecían superadas. Pensaron que podían hacer y deshacer sin costos políticos y estaban muy equivocados.

El expresidente Andrés Manuel López Obrador supo leer ese cansancio social y convertirlo en mayoría, además de aprovechar los errores de un PRI desgastado y que no levantó por sus escándalos y estela de corrupciones. 

Morena no ofreció solamente una alternancia, sino una ruptura: la Cuarta Transformación, la austeridad y la filosofía política de: “primero los pobres” fue el arranque de salida. 

El crecimiento fue vertiginoso. Morena pasó, en pocos años, de no gobernar una sola entidad (2015), a gobernar casi todo el país. 

Pero una cosa es conquistar y otra conservar.

Aristóteles, otra vez Aristóteles, nos recuerda que la política no existe solamente para vivir, sino para vivir bien.

Dicho de otra forma: el poder no se justifica por su permanencia, sino por su capacidad de orientarse al bien común. 

 Y en esa premisa comienza la verdadera prueba para Morena. Mientras fue oposición, la unidad encontraba un adversario afuera. 

Hoy, convertido en la principal fuerza política del país, los riesgos están también adentro: grupos, aspirantes, gobernadores, aliados, intereses, y personajes que pueden terminar confundiendo responsabilidad pública con patrimonio personal.

Y cuando la política deja de ser servicio y se vuelve profesión exclusiva, aparecen quienes necesitan del cargo para existir pues sin los puestos no son nada. 

Perder una candidatura, abandonar una oficina o quedar fuera de una nómina puede hacerlos sentirse inútiles y desempleados, porque después de tantos años viviendo de la política algunos parecen no saber hacer otra cosa y no es un vicio exclusivo de Morena, es de todos los partidos.

Estoy convencido de que los partidos no comienzan a deteriorarse cuando pierden una elección, sino cuando dejan de escucharse a sí mismos con honestidad y comienzan a escuchar demasiado a sus grupos de poder. 

Cuando la candidatura se vuelve premio, la sucesión reparto y la unidad complacencia empieza el desgaste y el deterioro como le pasó al PRD.

Rumbo al 2027, el reto será especialmente complejo en el norte del país. 

Ahí se mantiene uno de los principales bastiones de resistencia opositora: Nuevo León, Chihuahua, Durango y Coahuila siguen al margen de la transformación de la vida política nacional. 

No forman un bloque homogéneo, pero juntos recuerdan que la expansión del partido tampoco es inevitable y que todavía existen territorios donde la oposición conserva arraigo, estructuras y capacidad de competencia.

A ello se suman Sonora y Baja California Sur, donde Morena gobierna, pero donde las singularidades políticas internas, los grupos, las sucesiones y la definición de candidaturas pueden complicar el escenario. 

En unos estados el desafío será crecer; en otros, conservar sin fracturarse.

La unidad será indispensable, pero unidad no significa silencio. 

Un partido fuerte no es aquel donde nadie cuestiona, sino aquel capaz de corregirse sin romperse. La autocrítica no debilita; a veces conserva. 

Morena llegará así a 2027 en una posición muy distinta a la de 2018. 

En aquel entonces pedía una oportunidad, ahora en buena parte del país, deberá responder qué hizo con ella. 

Cuando se es oposición, se promete, cuando se gobierna, se rinden cuentas.

Por eso la prueba no será solamente electoral. 

Será demostrar que el poder no sustituyó al proyecto; que los derechos sociales no se convirtieron en clientela; que los grupos internos no capturaron al movimiento y que la política sigue siendo instrumento de bienestar común, no refugio de quienes temen quedar fuera del presupuesto.

Conquistar elecciones exige votos; permanecer con autoridad exige algo más difícil: no olvidar para qué se llegó. 

Ésa será, quizá, la verdadera prueba de Morena: seguir construyendo el segundo piso de la Cuarta Transformación sin renunciar a la escucha, las reglas claras para las candidaturas, la corrección de sus fallas y la rendición de cuentas.

Los avances de la política social impulsada por el partido fundado por AMLO y hoy encabezados por nuestra presidenta Claudia Sheinbaum sólo podrán sostenerse si el movimiento demuestra que transformar también significa ejercer el poder de otra manera y corregirse cuando sea necesario sin caer en chantajes y vacilaciones. 

El proceso del próximo año ha comenzado y también, la sucesión quizás adelantada pero siempre presente por el 2030.

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