En días pasados se publicó la primera encíclica del papa León XIV.
Un documento que debe leerse con atención, especialmente en una época marcada por la acelerada expansión de la inteligencia artificial y los profundos cambios tecnológicos que están transformando la vida de todos.
De su lectura tengo tres reflexiones que deseo compartir con mis lectores:
La primera es que la persona humana sigue siendo el centro de toda organización social, política, económica y tecnológica. El ser humano es un fin en sí mismo y nunca un medio.
La economía, el mercado, la tecnología y ahora la inteligencia artificial deben permanecer subordinados a la dignidad humana y al bien común. Cuando la lógica de la eficiencia desplaza la lógica de la persona, comenzamos a caminar por una ruta peligrosa y nadie debe desplazar la dignidad humana.
La segunda reflexión se relaciona con la justicia social.
En continuidad con el pensamiento del papa Francisco, la encíclica nos recuerda que vivimos en una casa común donde “pocos tienen demasiado y demasiados tienen muy poco”.
La concentración de riqueza, información, conocimiento y tecnología amenaza con ampliar todavía más las brechas existentes entre personas, regiones y naciones.
La tercera reflexión, quizá la más profunda, tiene que ver con la comprensión misma del ser humano.
El avance de la inteligencia artificial convive con corrientes de pensamiento que imaginan un futuro donde la tecnología no solamente ayude al hombre, sino que eventualmente lo sustituya o lo supere y en ese sentido estamos hablando ya de “transhumanismo y posthumanismo”.
En este contexto, en días pasados, en un curso sobre exorcismo y liberación organizado por el Ateneo Pontificio Regina Apostulorum de Roma escuché a la especialista Beatrice Ugolini advertir que conceptos como la tecnognosis, la tecnomancia, el ciberocultismo y la llamada magia del caos, reflejan cómo ciertos sectores comienzan a atribuir a la tecnología funciones que trascienden lo meramente instrumental y se acercan a dimensiones metafísicas, simbólicas e incluso espirituales.
Pero esas, esas son otras historias.
La pregunta entonces deja de ser tecnológica para convertirse en antropológica.
¿Quién es el hombre? ¿Qué es aquello que ninguna máquina puede reemplazar? La tradición cristiana responde afirmando que cada persona posee una dignidad intrínseca que no depende de su productividad, de su utilidad ni de su capacidad de procesamiento, sino de su ser como creatura a imagen y semejanza de Dios.
El ser humano no es un algoritmo sofisticado ni una suma de datos. Es un ser libre, consciente, capaz de amar, de sufrir, de perdonar, de crear belleza y de abrirse a misterios y revelaciones sobrenaturales.
Quizá por ello la encíclica insiste en colocar nuevamente a la persona en el centro del universo sin falsas pretensiones. No se trata de rechazar la tecnología ni de temerle al futuro.
Se trata de recordar que ninguna innovación puede sustituir la conciencia moral, la responsabilidad ética ni la búsqueda de la verdad.
En una época fascinada por la velocidad, la automatización y los algoritmos, la Iglesia vuelve a recordar una verdad elemental y, al mismo tiempo, profundamente revolucionaria: la dignidad humana sigue siendo el principio y el fin de toda auténtica civilización.
La vida y la muerte como el ciclo natural de la vida.
Porque al final, el gran desafío de nuestro tiempo no consiste en preguntarnos qué tan inteligentes serán las máquinas, sino qué tan humanos seremos nosotros para orientarlas y someterlas al servicio del bien común mediante facultades que les son inaccesibles: la inspiración, la contemplación, la conciencia moral y la búsqueda de la verdad.
Quizá por ello el papa León XIV ha puesto el dedo en la llaga de nuestro tiempo y, particularmente, de los cristianos: recordar que ninguna innovación puede ocupar el lugar de la dignidad humana ni sustituir la vocación trascendente del hombre cuya fuente universal de inspiración para muchos es Jesucristo, camino, verdad y vida.