Política y poder (I)

  • Agora
  • Cuauhtémoc Carmona Álvarez

Laguna /

La política cuando se toma en serio no es administrar ambiciones personales sino llevar una vida que se traduce en vocación por el servicio y/o la administración pública. 

Aristóteles la pensó así: como un quehacer público orientado al bien más alto, que en términos prácticos se llama bien común. En resumidas cuentas, eso es la política, el bien común.

Y si queremos volver la vocación como algo sagrado, basta recordar al Papa Francisco cuando expresó sin rodeos: “La política es una vocación altísima, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común”.

En tiempos efervescentes ante procesos electorales en puerta donde políticos buscan sin reparo ético y moral candidaturas, alcaldes vinculados al narcotráfico como el de Tequila, Jalisco y, políticos que se resisten a estar fuera de la nómina me pregunto:

¿Qué busca un individuo en la política: el bien común o el ejercicio del poder?

En México, la confusión suele ser tramposa, se invoca a la política —la arena pública, las reglas, la representación— mientras se protege de forma férrea lo que subyace al poder: el control real, la influencia, y el suministro de cuotas.

Por cierto, la representación proporcional deberá ponerse a discusión en la reforma electoral. 

Políticos que nadie escoge donde las elites partidistas se reproducen, no podemos continuar con ese modelo. 

El ciudadano los rechaza, aunque eufemísticamente traten de proteger la “representación” con argumentos chafas de autoprotección y continuidad.

Foucault, gran filósofo y teórico político es muy claro. Vale la pena recordarlo: el poder no es una cosa que se posee; es una relación que se ejerce. 

Y donde hay poder, hay resistencia. En esa resistencia se delata el apego: no al cargo, sino al control y al uso discrecional de la fuerza.

Cuando un político se resiste a perder “lo que subyace”, en realidad se resiste a perder el privilegio de conducir conductas, de decidir accesos y ascensos, de mover resortes, de administrar obediencias. 

Y ese apego suele disfrazarse de lealtad, de experiencia y de oficio. 

Sin embargo, atrás se esconde la ambición, el nepotismo y la corrupción en muchos. Pero esas, esas son otras historias…

Por eso la crónica política —esa que no se enseña en las aulas, pero gobierna la realidad— de vez en cuando deja una frase que funciona como advertencia. 

Cuando el ex secretario de Gobernación, Fernando Gutiérrez Barrios dejó esa secretaría en tiempos del ignominioso Salinas de Gortari, sentenció: 

“Me retiro a tiempo”. No como ejemplo de vida ética y moral, sino como recordatorio de que en México el poder, en ciertas esferas, tiende a volverse consustancial: se pega a la piel y cuesta arrancarlo.

Retirarse a tiempo en esa lógica no debe desaprovecharse, es lectura de época. 

Es comprender que la política necesita relevos visibles y sustantivos, pero también, relevos invisibles: que cambien no solo los nombres, sino las prácticas que sostienen el control no desde la herencia e influyentísimo, sino desde la conquista a través del mérito.

De ahí que los movimientos recientes en la Cámara de Senadores tengan un valor que va más allá del trámite. Un experimentado Adán Augusto se hace a un lado. 

Y, casi al mismo tiempo, Ricardo Monreal deja dicha una frase que en México debería leerse como un elevado a nivel de elevada conciencia política, dice que tiene firmada su renuncia. 

Y no es que se la vayan a pedir: es reconocer los tiempos y actuar conforme a una transformación de la vida política nacional.

Y en ese mismo horizonte, a mí me queda claro que la presidenta Claudia Sheinbaum ha querido enmarcar el poder en una ética de humildad: “el poder se ejerce con humildad”. 

Y esa frase, si se toma en serio, no es retórica: es un límite moral contra la tentación del mando como apropiación.

Continuará…

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