Política y poder (II)

  • Agora
  • Cuauhtémoc Carmona Álvarez

Laguna /

En mi pasada entrega reflexioné sobre el título de esta colaboración, haciendo una pregunta: 

¿Qué busca un individuo en la política: el bien común o el ejercicio del poder?

El poder sin duda es consustancial a la política y se puede hacer política sin el ejercicio del poder, ya que en ella se encuentran los valores y la base teórica de un proyecto, de una causa, del bien común: la ideología que da vida y sustancia al buen uso del poder.

Sin embargo, nos encontramos con algunos políticos que buscan el poder por el poder, donde los principios y la ética son solo figuras lejanas del quehacer público. 

Lo importante para ellos es servirse. Los intereses personales gravitan sin importar violar la moral en el servicio público. 

Y luego, se ponen a escribir memorias o bodrios de libros con títulos engañosos como “Ni venganza, ni perdón” de Julio Scherer. Pero esas, esas son otras historias…

Y ahí la presidenta Sheinbaum ha sido categórica: la ética como brújula de la construcción del segundo piso, donde existen resistencias en el mismo movimiento por romper con la forma tradicional de hacer política; el nepotismo, por ejemplo. 

Menos mal que la presidenta viene de la resistencia y curtida en la lucha acompañando al ex presidente Andrés Manuel López Obrador.

Por eso, ante relevos y cambios hasta en el mismo movimiento hay resistencias que deben superarse. El poder no puede ser control, ni cuota, ni captura. Debe ser servicio con humildad, teniendo en cuenta que los espacios públicos y los cargos son finitos. 

En días pasados un directivo de la SEP a nivel federal se oponía a dejar el cargo. ¿Falta de oficio? Algo desubicado. 

En más de veinte años de servicio como servidor público siempre lo he tenido claro. Los puestos son prestados para servir.

Porque el problema no es que haya aspiración —la política es aspiracional— sino que el deseo y la voluntad se confundan con el derecho a la permanencia o la sucesión; de ahí nace la tentación de sentirse imprescindible. 

Y sentirse imprescindible en política suele ser un ejercicio narcisista que en el peor de los casos raya en la locura, y que a veces los vuelve amenazantes y chantajistas.

Por eso, los relevos no deberían ser solo de nombres. 

La transformación verdadera no se mide por quién ocupa la silla, sino por si cambia el modo de ejercerla: si el cargo deja de ser botín para muchos y vuelve a ser encargo, la responsabilidad pública deja de ser apropiación y se vuelve servicio.

Y en la víspera de entrar a la cuaresma: si la política es una de las formas más preciosas de la caridad —recordando al papa Francisco— porque busca el bien común, vale la pena preguntarles: ¿están formando virtud o sólo administrando poder?

Porque el poder, como la vida moral, se vuelve hábito: se aprende a servir… o se aprende a dominar. 

Y cuando se aprende a dominar, la silla no es asiento: es adicción. 

Por eso el segundo piso no se juega en el discurso, sino en el carácter: en la capacidad de romper inercias como el nepotismo y de resistir las pequeñas complicidades que hacen grande la corrupción.


@CUAUHTECARMONA

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