El eco de las balas: cuando el crimen organizado también dispara contra la cultura

Jalisco /
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Hay noticias que van más allá de la nota roja. El asesinato de uno de los primos del cantante Alfredo Olivas, en una taquería de Zapopan, no solo vuelve a exhibir la violencia que vive Jalisco; también obliga a mirar una realidad incómoda: la delgada línea que, desde hace décadas, une al espectáculo, la música regional y el crimen organizado.

No se trata de afirmar que un artista sea responsable de los hechos violentos que alcanzan a su familia. Sería injusto y jurídicamente incorrecto. Pero tampoco podemos ignorar que la historia reciente del regional mexicano se ha desarrollado en territorios donde el poder del narco ha permeado la economía, la vida social y hasta la cultura popular.

La agresión ocurrida en Tacos Fermín se suma a una cadena de ataques que han marcado a la familia Olivas: el atentado contra el propio cantante en 2015 durante un concierto en Parral; los ataques contra su padre en Zapopan en 2018; el asesinato de su hermano Irving y parte de su familia en 2021; y ahora, un nuevo episodio que deja dos personas muertas y cuatro lesionadas. Las autoridades todavía investigan el móvil.

No hay detenidos ni una versión oficial que explique por qué ocurrió el ataque. Precisamente por eso, cualquier especulación sería irresponsable. Sin embargo, el contexto es imposible de ignorar.

La música regional mexicana vive uno de sus momentos de mayor éxito internacional. Artistas llenan estadios en México y Estados Unidos, dominan plataformas digitales y generan millones de reproducciones. Pero ese crecimiento también ha ido acompañado de una narrativa donde el poder criminal aparece con frecuencia como símbolo de riqueza, prestigio o autoridad. No es un fenómeno nuevo.

Desde los corridos tradicionales hasta los llamados narcocorridos, la música ha contado historias que reflejan una realidad existente. El problema comienza cuando esa realidad deja de ser una expresión artística para convertirse en un entorno donde la violencia alcanza incluso a quienes están alrededor de los escenarios.

El cine tampoco ha escapado de ese fenómeno. Durante años, películas y series han construido personajes inspirados en líderes criminales. Algunas lo hacen desde una perspectiva crítica; otras terminan romantizando un estilo de vida cuya consecuencia real son escenas como la ocurrida esta semana en Zapopan: casquillos sobre el piso, familias destrozadas y una ciudad que vuelve a acostumbrarse a las sirenas.

El riesgo es confundir representación con glorificación. El arte tiene derecho a retratar la violencia. Lo preocupante ocurre cuando la sociedad comienza a verla como parte del paisaje cotidiano. En Jalisco esa normalización resulta particularmente peligrosa.

Aquí conviven una de las industrias culturales más importantes del país con una de las organizaciones criminales más poderosas.

No significa que una dependa de la otra, pero sí que ambas comparten un mismo espacio social donde las fronteras, muchas veces, parecen difusas.

El caso de la familia Olivas vuelve a recordarnos que la violencia no distingue fama, dinero ni popularidad. Detrás del nombre conocido hay personas que terminan siendo víctimas de un problema mucho más grande que cualquier carrera artística. Quizá la pregunta ya no sea qué tan cerca están el cine, la música y el crimen organizado.

La verdadera pregunta es qué tan cerca estamos nosotros de aceptar que la violencia se convierta en parte del espectáculo. Y eso sería la peor derrota de todas.


  • Daniela Nuño
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