Abelardo de la Espriella: un presidente de plástico

  • Mirada Latinoamericana
  • Daniela Pacheco

Ciudad de México /
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Doce días han sido suficientes para que Abelardo de la Espriella demostrara su ineptitud, su obsesión consigo mismo y la falta de empatía con el pueblo colombiano. Siempre pensando cómo se verá todo frente a una cámara, pero muy poco, poquísimo, en el contenido.


A tres días de asumir la presidencia, Colombia enfrentó un terremoto devastador; posiblemente la circunstancia menos apropiada para la frivolidad y la más indicada para demostrar empatía y capacidad de gestión. Ocurrió todo lo contrario.

En medio de personas muertas, desaparecidas y miles de familias damnificadas, Abelardo de la Espriella también encontró espacio para hacer politiquería con la tragedia. Mientras anunciaba que, hasta ese momento, 111 personas habían muerto, sonreía a las cámaras y lanzaba besos al aire. También tuvo tiempo para entregar balones de fútbol en el Chocó con la leyenda “Firmes por la Patria” y para declarar en el Quindío, en medio de una emergencia nacional, con miles de personas que lo perdieron todo, que su gente “no quiere nada regalado”.

Pero no contento con eso, su gobierno seleccionó qué ayuda internacional podía entrar al país. Estados Unidos, Israel, Ecuador, Chile y El Salvador, sí; equipos ofrecidos por México, Brasil y España, no. El mapa de la ayuda aceptada terminó calcado del mapa ideológico del presidente. ¿Creerán Abelardo y su equipo que un rescatista, antes de sacar a alguien de los escombros, le pregunta por quién votó? ¿O que los perros de búsqueda también tienen ideología? ¿O que ser de izquierda es contagioso?

La cosa tampoco acaba ahí. Mientras Colombia contaba sus muertos, la Cancillería tuvo tiempo para reconocer la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán y para congelar las relaciones con la República Árabe Saharaui Democrática y reconocer la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. ¡Asuntos de vital importancia para el pueblo colombiano y excelentes noticias para Washington! Y de paso, el recién posesionado ministro de Vivienda, Jaime Andrés Beltrán, se tomaba vacaciones en la playa después de cinco extenuantes días de gobierno. Pobre. Qué cansancio. Que las familias damnificadas esperen.

Ah, pero eso sí, el presidente que cultiva una imagen de supuesta dureza, disciplina y autoridad encontró rápidamente los límites de esa severidad cuando el cuestionado pertenecía a su propio gobierno. Rápidamente, su esposa, Ana Lucía Pineda, la “primera dama”, que aparece una y otra vez a su lado durante las alocuciones presidenciales, en silencio y sin una función pública que explique su presencia institucional, salió al quite para defender al ministro.

Hay, además, otra ironía difícil de ignorar. De la Espriella llegó al poder prometiendo reducir el Estado, recortar el gasto y desmontar buena parte de la institucionalidad pública. Tres días después de posesionarse, la realidad le recordó para qué existe ese Estado que tanto desprecia: para coordinar rescates, movilizar recursos, atender personas heridas, reconstruir viviendas y llegar a lugares donde ningún discurso ni ninguna cámara pueden reemplazarlo. La emergencia lo encontró, además, con un proceso de transición que su propio gobierno decidió no realizar y con la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de  Desastres, la entidad encargada de coordinar la respuesta ante este tipo de emergencias, todavía en manos de un director encargado proveniente del gobierno de Petro, porque el funcionario anunciado por De la Espriella ni siquiera había sido nombrado oficialmente.

De la Espriella pasó años construyendo al personaje: el hombre fuerte, el que no titubea, el que no era político, el que iba a poner orden, achicar el Estado y devolver a Colombia al lugar que, según él, le correspondía junto a Estados Unidos. Pero gobernar es mucho más difícil que interpretar frente a una cámara un personaje cuidadosamente construido por consultores y “expertos” en imagen.


Bastaron doce días para que comenzara a resquebrajarse el personaje y quedara claro que el candidato nunca terminó de convertirse en presidente. Mucho personaje. Mucha cámara. Mucha pose. Poco, muy poco, presidente.




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