La última ovación

Ciudad de México /
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Tuvimos el privilegio de vivir la carrera de auténticas leyendas en el mundo deportivo. Todas las épocas han contado con sus propios héroes y figuras dominantes, pero los números son fríos y el legado de algunos de los atletas que se encuentran en el ocaso, no admite discusión estadística.

Quizá no nos hemos dado cuenta porque durante años nos acostumbramos a verlos competir. A que los domingos estuvieran Federer, Nadal o Djokovic en una cancha; a que Lionel Messi apareciera con Argentina o el Barcelona; a que Cristiano Ronaldo siguiera desafiando al tiempo con Portugal y lo ganara todo con el Real Madrid. Parecía que siempre estarían ahí. Pero no.

De pronto, una generación dorada comienza a despedirse. Messi acaba de anunciar su adiós a la selección argentina después de la final del Mundial ante España. Y entonces aquellas lágrimas, aquel rostro desconsolado después de perder el partido más importante, adquieren otra dimensión. No era solamente la frustración de una derrota. Probablemente también era el dolor de quien sabía que estaba viviendo uno de sus últimos grandes capítulos con la camiseta albiceleste.

Y vaya manera de irse: campeón del mundo, campeón de América y después de haber conseguido con Argentina prácticamente todo lo que durante tantos años se le reclamó. Ahora queda pendiente la otra despedida. Esa que nadie quiere imaginar: la de Messi como futbolista profesional. Tiene 39 años y el tiempo, aunque parezca una frase hecha, también juega en contra de los mejores. Lo que la madre naturaleza otorga, el gandalla de Cronos en algún momento lo hurta.

Lo mismo ocurre en el tenis. Federer ya está retirado; Nadal también. Djokovic, todavía compitiendo, acaba de quedar eliminado del Abierto de Estados Unidos en una primera ronda. Es el inicio del final.

No es solamente que se estén retirando jugadores extraordinarios. Se está retirando una forma de entender el deporte. Una generación que convirtió la competencia en un espectáculo que nos hizo creer que los límites simplemente no existían.

Fuimos muy afortunados. Quizá cada aficionado eligió a su favorito y se quedó con Messi, con Cristiano, con Federer, con Nadal o con Djokovic. Pero más allá de filias y fobias, todos fuimos testigos de algo excepcional.

No queda más que agradecerles. Por las tardes, las noches, las finales, las derrotas y las victorias. Por habernos hecho sentir que estábamos viendo historia mientras ocurría. Todo eso forma parte ya de nuestra propia banda sonora.

Porque algún día, cuando ya no estén en las canchas, entenderemos realmente el privilegio que tuvimos. Nos tocó vivir una época dorada. Y parece que está llegando la hora de la última ovación.


  • David Badillo
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