Amistad en alquiler

Laguna /

En Japón ha crecido desde hace más de una década la industria peculiar de personas que alquilan compañía por horas. 

Conversan, acompañan a funerales, fingen ser novias ante padres exigentes o simplemente escuchan en silencio. No es prostitución ni terapia. 

Es presencia pagada. Un contrato de dos horas para mitigar una soledad que no siempre encuentra espacio para hablar en voz alta.

¿Pagar por compañía satisface una necesidad humana o transforma la amistad en un servicio?

El fenómeno suele leerse con ligereza. Se argumenta que es parte de la extravagancia japonesa o curiosidad cultural. 

Sin embargo, detrás hay algo menos pintoresco. Jornadas laborales extensas. Dificultad para expresar emociones. 

Una cultura donde soportar sin quejarse es la virtud. En ese contexto, pagar por escucha puede ser menos un capricho y más una válvula de presión.

Llamarlo amistad puede ser peligroso. Hay reglas, horarios y tarifas. Pero también es difícil de negar la emoción experimentada por quien, durante noventa minutos, deja de estar solo. 

La pregunta no es si la relación es contractual —lo es— sino si la experiencia de conexión queda anulada por el precio.

Algunos casos inquietan más. Novios ficticios, familiares sustitutos, historias ensayadas para preservar la honra. 

Allí el servicio no solo alivia; también sostiene ficciones sociales. ¿Es compasión o es mantenimiento de una cultura que impide mostrarse vulnerable?

Reducir todo a la mercantilización sería simplista. Defenderlo sin matices también. 

Entre la condena moral y la celebración ingenua tenemos la opción de reconocer que la soledad no nace del mercado, pero el mercado sabe ocupar el vacío cuando la comunidad no alcanza.

La cuestión no es si la amistad debe ser gratuita o pagada. Es por qué tantas personas necesitan alquilar lo que debería circular sin factura. 

Pensar este fenómeno con calma evita tanto la burla cultural como el romanticismo fácil. 

Y obliga a no evitar la pregunta incómoda, ¿estamos resolviendo la soledad o aprendiendo a convivir con ella?

Una sociedad mejora sus decisiones cuando no ridiculiza sus síntomas ni los normaliza sin reflexión. 

Allí donde alguien paga por ser escuchado, hay una conversación pública pendiente.


@davidperezglobal

  • david pérez

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