Camboya conmemora el 7 de enero como “El Día de la Victoria sobre el Genocidio”.
En el mapa geopolítico del Sudeste Asiático del siglo XX, este país es una región atravesada por la Guerra Fría, por guerras en el territorio que el colonialismo llamó “Indochina” y por proyectos revolucionarios locales que prometían “reiniciar” sociedades enteras.
En abril de 1975, el grupo comunista conocido como Jemeres Rojos (Khmer Rouge) tomó el poder en Camboya y anunció el experimento radical de construir una sociedad agraria “pura”, eliminando la vida urbana, la disidencia, los vínculos religiosos y, en la práctica, cualquier forma de diferencia.
Durante su gobierno (1975–1979), por lo menos 1.7 millones de personas fueron asesinadas por ejecuciones, trabajo forzado, hambre y enfermedad.
El 7 de enero de 1979 marca la caída de Nom Pen, la capital. El régimen fue derrocado tras la invasión vietnamita iniciada a finales de diciembre de 1978, en el marco de la guerra camboyano-vietnamita.
Ese dato introduce una tensión que Camboya arrastra hasta el día de hoy.
El 7 de enero conmemora el fin del régimen, pero también recuerda que la caída se produjo por una intervención extranjera (Vietnam) en un tablero regional donde China, la URSS y Estados Unidos tuvieron intereses cruzados.
Por eso, “victoria” quizá no sea el mejor concepto en esta ocasión.
Décadas más tarde, Camboya y la ONU establecieron un tribunal híbrido para juzgar a los principales responsables.
Sus sentencias concluyeron que líderes del Jemeres Rojos cometieron genocidio, crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra.
Jemeres Rojos ejercieron un tipo específico de poder que se cree autorizado a reiniciar al ser humano.
Ese poder no dice “quiero matar”, en cambio, utiliza los eufemismos como “quiero purificar”, “quiero corregir”.
¿Qué hacemos con la palabra “victoria” cuando lo que se ganó fue apenas la posibilidad de seguir vivos?
La memoria oficial a veces funciona como un sello que garantiza que “esto ya está resuelto”.
Pero el trauma histórico no se resuelve por decreto; se transforma —o se hereda— según lo que una sociedad se permita decir en voz alta.
La justicia que no cambia hábitos de obediencia, miedos heredados y formas de silenciamiento, corre el riesgo de ser solo un archivo.
Es recomendable sospechar de una memoria que pone el acento en la “victoria”.
@davidperezglobal