Tomar medicamentos durante años —a veces por el resto de la vida— se ha convertido en una decisión necesaria para millones de personas.
Antidepresivos, ansiolíticos, medicamentos para el colesterol, la presión arterial o el insomnio forman parte de la rutina diaria de muchas sociedades.
Según la Organización Mundial de la Salud, más de 280 millones de personas viven con depresión en el mundo y la mayoría recibe tratamiento farmacológico.
La medicina moderna ha salvado y prolongado innumerables vidas, hecho que no anula la siguiente pregunta…
¿Tomar medicamentos durante períodos largos es una solución o una forma de delegar en la química lo que se resuelve en la cultura?
Las sociedades contemporáneas tienden a confiar de manera excesiva en la psiquiatría, la psicología y los medicamentos para resolver problemas que también tienen dimensiones existenciales.
No soy antivacunas y no propongo eliminar la medicina, sólo quiero recordar que los seres humanos poseen recursos filosóficos —formas de pensar, interpretar y afrontar la adversidad— y que es peligroso sustituirlos por una receta.
La industria farmacéutica es una de las más poderosas del planeta. Informes de la Organisation for Economic Co-operation and Development han documentado cómo los incentivos comerciales, las patentes y el marketing influyen en la forma en que se prescriben y consumen los medicamentos.
Esto no significa que los fármacos sean inútiles o fraudulentos, significa que el contexto económico también participa en la definición de lo que consideramos enfermedad y tratamiento.
Entre la desconfianza total y la fe absoluta hay un espacio más razonable. La pregunta no debería ser si debemos usar medicamentos, sino cómo y cuándo.
Un medicamento puede aliviar el sufrimiento, estabilizar una condición o salvar una vida.
Al mismo tiempo, difícilmente puede sustituir el trabajo que implica comprender nuestras pérdidas, nuestras frustraciones y nuestras expectativas.
Ese es el trabajo al que no podemos renunciar, al de examinar nuestras creencias, clarificar nuestros principios y descubrir la fortaleza con la que cada persona enfrenta la incertidumbre.
No es una alternativa mágica ni un reemplazo de la medicina.
Es un recordatorio de que la salud no se agota en la bioquímica.
La decisión de tomar pastillas no es sólo médica; también es una decisión cultural.
La pregunta necesaria en cada receta no es sólo qué cura el cuerpo sino qué fortalece la vida.
@davidperezglobal