Días nublados

Laguna /
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Tengo la impresión de que vivimos obsesionados con la idea de que una vida buena debería ser, sobre todo, una vida feliz. 

La mayoría de nuestras publicaciones en redes sociales dan cuenta de ello.

Víctor Hugo escribió: “Hasta la vida del más próspero tiene, en verdad, más días de tristeza que de alegría; por eso tenemos afinidad con los cielos nublados”. 

La frase no pretende glorificar el sufrimiento. Tampoco invita al pesimismo. 

Lo que hace es desmontar una expectativa imposible. La de creer que la alegría debe ser el estado natural de la existencia.

En ese sentido, una de las creencias más comunes es que “si me siento triste, algo anda mal en mi vida”. A partir de ahí comienza una persecución interminable. 

Se cambia de trabajo, de pareja, de ciudad o de proyecto buscando eliminar la tristeza, cuando quizá lo único irreal era la expectativa de no sentirla.

No elegimos los días nublados, pero sí elegimos qué significado les otorgamos. Por ejemplo, cuando naces en el desierto un día de sombra se agradece. 

La tristeza puede ser un enemigo cuando intentamos expulsarla a toda costa, o una maestra cuando nos obliga a revisar nuestras prioridades, nuestras pérdidas y nuestras ilusiones.

Las redes sociales han reforzado la ficción de una existencia permanentemente luminosa. Publicamos los días soleados y ocultamos los demás. 

Terminamos comparando nuestra vida completa con los mejores instantes de la vida ajena. El resultado no es más felicidad, sino una sensación constante de fracaso.

Quizá por eso la madurez no consiste en acumular más días felices, sino en dejar de medir la calidad de una vida por el estado de ánimo del momento. 

Una existencia valiosa también conoce el duelo, la incertidumbre, la decepción y el cansancio. 

No porque haya fracasado, sino porque está viva.

Los cielos nublados tienen una virtud que el sol permanente desconoce, esos días nos obligan a mirar hacia adentro. 

Allí descubrimos que el propósito no consiste en eliminar las nubes, sino en aprender a caminar sin exigirle al horizonte un clima perfecto. 

Porque la serenidad no llega cuando desaparece la tormenta, aparece cuando dejamos de confundir el buen tiempo con una buena vida.


@davidperezglobal

  • david pérez

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