A finales de 2020 conversaba con Marcela Moreno sobre el ánimo social que percibía en Torreón.
Algo entre duelo y miedo que yo atribuía a la pandemia. Marcela, con esa mirada pausada de quien parece ajustar el obturador para afinar un ángulo de su memoria, me sugirió que Torreón arrastraba un duelo sin procesar desde lo ocurrido en el Colegio Cervantes.
Apenas comenzábamos a comprender aquella tragedia cuando llegó la pandemia, apuntó.
Seis años después estamos otra vez frente al horror. Otra vez en el laberinto de la violencia.
Quizá entramos en él mucho antes. El 14 de mayo de 2007, Enrique Ruiz Arévalo, responsable de investigar los secuestros y el crimen organizado en Coahuila, fue privado de la libertad en Torreón.
No fue el comienzo de nuestras violencias, pero es una de esas fechas que la terca memoria se niega a olvidar.
Desde entonces, el laberinto ha mutado tantas veces que corremos el riesgo de confundir sus paredes con nuestra vida cotidiana. Me preocupa también cómo estamos buscando la salida.
Me preocupan las imágenes de personas golpeando a los jóvenes detenidos por el ataque a la Secundaria 13, incluso cuando ya estaban sometidos; también hubo voces que pidieron detener los golpes.
Me preocupan los mensajes de odio contra su familia. Que su madre haya perdido el empleo y tenido que abandonar su casa por amenazas.
Que sus hermanos menores deban cargar con una violencia que no cometieron.
Nada de esto disminuye la gravedad del asesinato ni el derecho de las víctimas a la justicia.
Pero una sociedad no puede encontrar la salida de la violencia si convierte el dolor en permiso para seguir violentando.
Quizá el laberinto no consiste solamente en la repetición de las tragedias, sino en nuestra dificultad para imaginar respuestas distintas.
Cada golpe, cada amenaza, cada castigo colectivo puede parecernos un camino hacia la justicia cuando en realidad nos devuelve al mismo lugar.
Aquí está Torreón, otra vez frente al laberinto de sus violencias, buscando salidas. Ojalá que las decisiones que tomemos no nos lleven otra vez al mismo punto.
A la memoria de las maestras María Assaff Medina y Nedi Edith Nevárez González.
@davidperezglobal