La semana pasada, en el influyente Foro Económico Mundial de Davos, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, pronunció un discurso que será recordado no por su originalidad, sino por su franqueza. No reveló verdades ocultas: dijo en voz alta algo que el sistema siempre prefirió maquillar. El orden económico internacional nunca operó realmente como un conjunto de reglas universales y neutrales. Las reglas existieron, pero siempre se aplicaron de forma asimétrica: obligatorias para unos, flexibles para otros y reinterpretadas sistemáticamente por quienes tuvieron el poder suficiente para hacerlo.
Nada de esto sorprende a quienes observan con atención la economía global. Lo relevante es el lugar y el mensajero. Davos fue durante décadas el escenario donde se representaba la idea de un terreno de juego parejo, donde las excepciones se explicaban como desviaciones temporales. Que Canadá —un país estable, predecible y beneficiario del orden liberal— reconozca ahí que esa neutralidad nunca fue real equivale a retirar el decorado frente al público.
Desde una perspectiva económica y financiera, esta admisión tiene implicaciones claras. Si el sistema nunca ofreció reglas simétricas, entonces el riesgo nunca fue transitorio, sino permanente. El capital no está reaccionando a una ruptura reciente, sino ajustándose a una verdad largamente ignorada. De ahí las primas de riesgo persistentes, la preferencia por activos refugio y la cautela estructural que dominan las decisiones de inversión.
Desde el principio de su intervención, Carney citó a Václav Havel y El poder de los sin poder. Ahí aparece la imagen del tendero que coloca un letrero en su escaparate sin creer en él, solo para cumplir con el ritual del sistema. Havel explica que el primer acto de resistencia frente al poder es retirar ese letrero y dejar de participar en la ficción que lo sostiene.
La propuesta de salida de Carney va exactamente por ahí. No plantea restaurar un orden que nunca fue neutral, ni refugiarse en la nostalgia de reglas universales. Propone aceptar la realidad y actuar en consecuencia: fortalecer la economía doméstica, diversificar relaciones comerciales y construir coaliciones flexibles y pragmáticas por temas. Solo así las potencias medias podrían crear una tercera vía con impacto real frente a la arbitrariedad de las grandes.
Quitar el letrero, en este contexto, no significa renunciar a los valores, sino dejar de fingir que todos los comparten. Es una estrategia económica: aceptar cómo opera el poder, elegir con quién alinearse y diseñar políticas, inversiones y cadenas productivas partiendo de esa realidad.
Alfa positivo. En 2025 las exportaciones mexicanas crecieron 7.6 por ciento, alcanzando 664 mil 66 millones de dólares, según datos del Inegi. Se consolidaron así como el principal motor de la economía por segundo año consecutivo, superando el dinamismo del comercio mundial (6 por ciento, según Unctad).