La jornada de 40 horas: trabajar mejor para crecer más

Ciudad de México /

La aprobación de la semana laboral de 40 horas en México ha reactivado un debate conocido: la advertencia de que reducir el tiempo de trabajo afectará la competitividad, frenará la inversión y destruirá empleo. Es exactamente el mismo argumento que se escuchó frente al aumento sostenido del salario mínimo y ante la regulación del outsourcing. En ambos casos se anticiparon efectos negativos que nunca se materializaron. La economía se ajustó, los ingresos laborales crecieron y la formalidad avanzó.

La discusión parte de una premisa equivocada: que más horas equivalen a más producción. La evidencia internacional muestra que, a partir de cierto umbral, las horas adicionales generan rendimientos decrecientes. El cansancio eleva errores, reduce la eficiencia marginal y desincentiva la inversión en procesos. Las economías avanzadas entendieron esto hace décadas. Hoy, países con jornadas más cortas —particularmente en el norte de Europa— combinan menos tiempo laboral con mayores niveles de productividad por hora, más innovación y mejores salarios reales.

Islandia ofrece un ejemplo especialmente ilustrativo. Al transitar hacia semanas laborales más breves sin reducir sueldos, el resultado no fue una caída del producto, sino una reorganización del trabajo: mejor planificación, uso más intensivo de tecnología, reducción del ausentismo y mayor participación laboral. El ajuste no se dio a través de más esfuerzo físico, sino mediante eficiencia organizacional.

México se ubica hoy entre los países donde más horas se trabajan al año, pero con niveles de productividad por hora persistentemente bajos. Es decir, trabajamos mucho, pero producimos poco en relación con ese esfuerzo.

La reducción de la jornada actúa entonces como un incentivo estructural: obliga a sustituir cantidad por calidad. Las empresas que ya operan con eficiencia prácticamente no verán afectaciones; aquellas que dependen de jornadas largas deberán modernizar procesos, automatizar tareas repetitivas y reorganizar turnos. Esa transición, lejos de ser un costo improductivo, es la misma que siguieron los países que hoy compiten en los segmentos de mayor valor agregado.

Por eso la reforma no debe entenderse como una medida asistencial, sino como una política de productividad. Al igual que con el salario mínimo y la formalización laboral, las predicciones catastrofistas suponen una economía estática que no innova ni se adapta. La evidencia muestra lo contrario: cuando cambian las reglas, las empresas ajustan, invierten y elevan su eficiencia.

Alfa positivo. Nu México, plataforma de servicios financieros digitales, anunció que invertirá 4 mil 200 millones de dólares en nuestro país, en un plan de expansión hasta 2030.


  • David Razú
  • Economista dedicado a temas de finanzas, inversiones y previsión social. Director General de Afore XXI Banorte.
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