“Abrazos, no balazos”, a juicio

Ciudad de México /

M+.- Cierta parte de la popularidad del expresidente Andrés Manuel López Obrador fue construida a partir del discurso de que México recuperaría soberanía frente a Estados Unidos y se terminaría la guerra del narco en el país.

“Abrazos, no balazos”, era una consigna para exorcizar la violencia desde la retórica, así como también una forma de rechazar la lógica militarista impulsada en el mundo por Washington tras los atentados terroristas del 11 de septiembre.

Las recientes acusaciones del gobierno de EU en contra de los principales miembros de la clase gobernante sinaloense, son el inicio de un juicio abierto a la política antidrogas impulsada por el anterior gobierno federal, la cual ya fue replanteada por el gobierno actual.

Tanto el gobernador con licencia Rubén Rocha Moya, como el senador Enrique Inzunza, como los demás gobernantes lopezobradoristas, se enarbolaron en la bandera presidencial del “abrazos, no balazos”, para hacer y defender sus carreras políticas públicas de los últimos años.

Más allá de señalamientos oficiales gringos, la élite de Morena en Sinaloa ha sido denunciada, no sólo por haberse coludido con grupos criminales trasnacionales, sino por haberse fusionado con ellos en una búsqueda desfachatada de poder y enriquecimiento personal, bajo la absurda coartada ideológica de obtener “la hegemonía” para “el proyecto”.

Por eso, la puerta que se ha abierto en realidad estos días es la del escrutinio —perversamente interesado, por supuesto, por la administración de Donald Trump— de las decisiones y omisiones de López Obrador durante su mandato.

Lo que estaremos atestiguando en las próximas semanas y meses será un registro in crescendo y desde múltiples perspectivas de acuerdos, dinámicas, procedimientos, acciones y traiciones oficiales del anterior gobierno mexicano con grupos y criaturas criminales de facto.

El juicio a Rocha Moya y compañía es, en efecto, un juicio a López Obrador.

Sabemos que a lo largo de su trayectoria el expresidente ha tenido la impavidez y destreza para deshacerse de la responsabilidad de sus colaboradores (Bejarano, Ponce, Imaz…), sin embargo, este nuevo laberinto lleva a la presidenta Claudia Sheinbaum a una disyuntiva de perder, al buscar defender una soberanía sometida tanto a presiones populistas extranjeras como de redes invisibles de poder político, económico y criminal.

La soberanía mexicana, ese territorio de sombras.


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