SERIE PERIODÍSTICA “YO QUERÍA SER CHÁVEZ” / ROUND 4
El 7 de junio de 1996, Óscar de la Hoya tenía 23 años y estaba frente a Julio César Chávez, de 33, el campeón al que había visto pelear en la televisión con devoción junto a su padre en un bar del Este de Los Ángeles y el mismo que lo había tumbado de un derechazo durante un entrenamiento.
“Chávez se sube al ring y te da esa mirada que hace que te quedes paralizado. Yo la viví cuando estaba peleando con él. Tienes que saber cómo deshacerte de esa mirada porque te trauma”.
Le pedí a De la Hoya que me explicara un poco más de eso: “Para mí Chávez era como un asesino. Bien calladito. Un asesino calladito. Adentro de ese ring quiere terminar contigo. Si te ve dañado, si te tiene noqueado, te va a terminar. No te va a dejar ir”.
De la Hoya había pasado varias semanas en las montañas de Big Bear estudiando cada movimiento del campeón. Ya sabía cómo plantaba los pies y cómo preparaba el famoso gancho al hígado.
Ahora estaba a punto de golpear al hombre al que había admirado durante casi toda su vida.
***
La pelea comenzó y De la Hoya utilizó su jab y su velocidad para mantener la distancia. Chávez avanzó buscando meterse en la zona donde podía castigar el cuerpo.
Un golpe de De la Hoya abrió una cortada en el rostro de Julio y la sangre empezó a bajar por su cara mientras el mexicanoestadunidense continuaba golpeando a Julio.
“Yo estaba bien enfocado. Tenía un trabajo que hacer. Cuando estás arriba del ring no puedes pensar ‘este es mi ídolo’. No puedes pensar así porque te noquean”.
Chávez seguía avanzando, pese a la sangre que le escurría. “Era como un tren hacia el frente. Sin parar. Tú le pegabas y él seguía para adelante, te pegaba y te noqueaba”.
En el cuarto round, el médico de la pelea revisó la herida de Chávez y decidió que no podía continuar. La pelea terminó.
De la Hoya había derrotado a Julio César Chávez.
—¿Qué sentiste? —pregunté a De la Hoya.
—Yo decía: ‘¿qué tal si le gano a Chávez? ¿Me va a doler o voy a estar feliz? Cuando estás en la gloria te sientes como Dios. Te sientes invencible. Sientes que nadie te puede tocar.
—En cierta forma, ¿ganarle a Julio César Chávez fue el comienzo de tu vida boxística, pero también de tu caída?
—Mi caída, sí.
***
Muchos años después de aquella pelea, De la Hoya comenzó a entender mejor algunas cosas que había visto en Chávez. “Por eso entiendo a Chávez. Por eso lo quiero hoy. Lo quiero como a un hermano”.
—¿Cómo empezó esa caída?
—No te das cuenta porque estás metido en el hoyo. Estás adentro y no sabes. Piensas que todo está bien. Te fascina el desmadre. Te fascina que la gente te quiera. Pero después desaparece te preguntas: ¿Quién realmente me quiere?, ¿quién está para mí?, quién está para la figura del campeón porque quiere parte de mí? Te vuelves loco.
***
Cuando hablamos de los años en que Julio comenzó a consumir cocaína, De la Hoya no quiso juzgarlo. Trató de explicarlo a partir de su propia experiencia. “Te quieres escapar. No te puedes ir a otra ciudad, no te puedes esconder en un parque, no puedes ir a tu casa porque hay cientos de personas esperándote. Te tienes que escapar internamente”.
Para De la Hoya, una de esas salidas fue el alcohol. “La tomada. Para mí ése era mi escape, mi desahogo. Uno lo ve y dice: ‘qué divertido’. Con las drogas y las mujeres. Pero es el infierno”.
“Las drogas te hacen pensar que nadie te ve, que nadie te escucha, que nadie te siente.
“Estás llenando ese vacío emocional. En el momento piensas que las drogas son tu mejor amigo, tu primer amor”.
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—¿Qué se siente cuando te das cuentas que esa euforia es falsa? Que no eres invencible.
Le pregunté qué ocurre cuando un campeón pierde esa sensación de ser invencible.
—Cuando estás ganando te sientes como Dios, pero cuando pierdes te sientes como basura. Sientes que nadie te quiere, sientes que no perteneces. Te sientes lo más bajo de la humanidad.
—¿En la victoria no sabes quién te quiere realmente y en la derrota piensas que ya nadie te quiere?
—Las dos cosas son confusas. No sé cómo explicar, sólo sentía que no quería vivir esto. No estoy feliz, no estoy triste….
—¿Depresión?
—Sí. Es difícil hablar de eso. Ahora he hecho tanto trabajo conmigo, pero me duele. Me duele mucho vivir eso otra vez, recordar esos tiempos.
Luego volvió a hablar de Julio. “Pensar que Chávez pasó por esos demonios me duele... y eso también duele mucho”.