Me voy diciendo al oído aquello por lo que vine, quizá para sentirlo sin que asome ningún miedo, pero siempre se está con miedo. El miedo late al mismo tiempo que el corazón, sólo se cura en la muerte. No sé. Es Semana Santa. La gente pasará sin cesar y sin detenerse. ¿Estoy tirado en el escalón de una boutique que abrirá en unas horas para vender Armani? Soy espectáculo barato, aborrecido por ser ya rutina, parte del paisaje agreste de la calle del Cerdo de la Suerte. Tras unos meses vagabundos aquí es mucho pedir compasión por una pierna mutilada. He pensado entonces fingir que tampoco veo para que las monedas de los transeúntes se vuelvan misericordiosas si las comparten con un infeliz que no tiene piernas, es migrante y no puede apreciar el último grito chillante de la moda porque está ciego. No sé. Recuerdo cuando comía a la hora de comer, o cuando tomaba café para no dormir aunque necesitaba dormir. Odiaba a quienes decían que estaba reprimiendo mi naturaleza. A mí me gustaba vivir así, saber que podía estar más allá de la misma realidad. Todos aquellos recuerdos regresan como si fueran una ficción dentro de un mal sueño, literatura barata en la Biblioteca de Alejandría. No sé. Pasa un grupo de turistas. Oigo que uno dice que aquí en Verona hasta las maniquíes tienen un encanto indescifrable. No sé. La soledad que me envuelve, a veces es medicinal, dan ganas de no abandonarla y esperar lo demás como los ilusos esperan a que los romanos vuelvan a la Plaza de las Hierbas para montar su tierno show brutal dentro del Coliseo encendiendo el júbilo de una tristeza milenaria. No sé. De noche duermo entre folletos turísticos que dicen en español que Catullus, Pliny, Dante Alighieri y Shakespeare, así como Mantenga, Pisanello, y Titian, entre otros, fueron atrapados por el encanto de Verona. Hoy en día la ciudad sigue atrayendo a turistas que la visitan para descubrir sus monumentos históricos y una atmósfera de romántico neón. Los mismos ciudadanos veroneses siguen enamorados de sí mismos, de su cocina prodigiosa, de los vinos excelsos, de su arte candente, de la pasión por la música y de la fiesta de la ópera. ¿Dónde está esa ciudad de los folletos sobre la que persisto?, ¿dónde está el miedo del inicio de este monólogo? No sé.
Monólogo veronés
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Diego Enrique Osorno
Ciudad de México /
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