SERIE PERIODÍSTICA “MUERTE SÚBITA” / CAPÍTULO XIX
Mario Palacios Montarcé sabía lo que iba a pasar. Lo que no sabía era cuándo. Los días previos a su muerte se le veía nervioso adonde quiera que iba. En su departamento, en Santiago Miltepec, una colonia austera bajo los cerros de Toluca, conocida como “La Maquinita”, se encerraba a ver caricaturas de Tom y Jerry. El entrenador de futbol argentino Avelino Gutiérrez, quien vivió con él sus últimos días, lo recuerda preocupado y tocándose la cabeza constantemente por agudos dolores.
“Marito era un muchacho muy alegre, pero de repente se volvió otro unos días antes de que lo mataran”, me explica en un café de la avenida Olascoaga, en Neuquén, donde Avelino regresó lleno de miedo, cinco días después de la muerte de Mario.
Al ver descompuesto a su amigo, Avelino lo encaró. Mario adujo que el radiólogo Serrano Almudí, papá de su alumno, le había detectado una “arteria de la cabeza obstruida”. “Cuando murió Mario se lo pregunté (a Serrano Almudí) y me dijo que no le había hecho nada”, dice Avelino.
El instructor de tenis de mesa casi no salía de su departamento, ni siquiera para ir a comer a tacos de “Tránsito”, un tentempié hecho de carne roja, uno de sus alimentos favoritos en Toluca. Antes de morir, solamente iba de su casa al club y de ahí a su casa de vuelta.
—¿Cómo te enteraste de la muerte de Mario? — pregunto a Avelino.
—Quien me informó a mí de la muerte de Mario fue el licenciado Arochi, presidente del Club Toluca, y Fernando Serrano, que venían en una moto. Cuando estaban en la avenida de casa y me ven, se bajan y me dicen directamente: “Mataron a Mario”. Me sorprendí, pensé que me estaban haciendo una joda. “No, mataron a Mario”. Pero ¿qué tuvo?, ¿un accidente, un accidente con el vehículo? “No, lo mataron.”
De ahí ya nos fuimos para adentro y Arochi me comentó que lo habían matado, que el cuerpo estaba en la morgue, que había que reconocerlo. Me costó mucho a mí y a mi señora, y a los chicos, porque fue un golpe muy duro. Me costó reaccionar. No sabía ni qué hacer ni qué decir. Justo se da la casualidad de que Roberto Depietri avisa que llegaba al Distrito Federal y que él se iba a hacer cargo y lo iba a ir a reconocer. Me sacó un peso de encima. Uno llega sin conocer los lugares, sin conocer casi gente. Yo me imaginaba miles de cosas, y al enterarme de que llegaba Roberto me quedaba más tranquilo.
—Cuando usted va a la Comisaría y le toca escuchar la declaración de la trabajadora de la panadería, ¿qué recuerda haber escuchado?
—Yo escuché que la chica esa de la panadería, la trabajadora, le comentaba a un policía que entraron dos o tres personas bien vestidas, con sacos y corbata, y había otra persona en la panadería a la que no le dieron importancia. Fueron y agarraron directamente a Mario. Ese comentario yo lo escuché que se lo decía la chica a un policía.
—¿Qué hizo después de escuchar la declaración?
—En ese momento no se me ocurrió nada, nada. Después se crean muchas hipótesis. Uno piensa lo peor, piensa miles de cosas sin saber nada. Realmente no sabíamos por qué lo mataron ni quiénes lo hicieron, nada. O sea, si vos me decís hoy… qué sé yo… ¿Vendía droga? Yo no puedo decir ni qué, no porque no lo sé. O… ¿andaba con mujeres? No lo sé, nunca lo vi con mujeres, nunca hizo ningún comentario ni nada sobre mujeres. Cada uno que te diga una cosa.
Y pudo ser tal cosa y pudo ser tal otra, y son hipótesis que van generando que la cabeza de vos piense lo peor siempre. Te digo que fue un golpe muy duro para nosotros. Con nosotros Mario era una excelente persona, excelente.
—¿Usted cree que Mario estaba involucrado en algo peligroso?
—Mario era un chico que vivía siempre pendiente de su familia. “¿Y cómo estará mi vieja, mi viejo?” Se comunicaba por teléfono periódicamente con ellos, los ayudaba económicamente. Con nosotros siempre fue un gaucho, como decía el papá: “un gaucho gaucho”. Nos recibió en la casa, nos atendió bien casi sin conocernos. Quien nos conocía bien realmente era el papá, de hecho. El papá y la mamá; más el papá, que lamentablemente también falleció días después.
—¿Usted tomó la decisión de regresar a Argentina un día después de la muerte de Mario?
—Primero no; primero dijimos que íbamos a salir adelante con nuestro proyecto, que si bien era un golpe duro, debíamos tratar de sobrellevarlo. Pero después nos fuimos enterando de algunas cosas: Que Mario les hizo un comentario a algunos sobre algunas cosas. Por ejemplo, la salud de él.
—¿A qué se refiere?
—Mario se veía preocupado, pero la preocupación de él, según él, era por un problema que tenía en la cabeza, que todavía yo y mi esposa le decíamos: ¿Por qué no le avisas a tus hermanas, ellas tienen que saber lo que te está pasando? Pero él no quería preocuparlas. Dijo que se había hecho unos estudios con el doctor Serrano, con Fernando, el radiólogo, y con el papá de Fernando, que también es médico. Entonces, cuando me encuentro con Fernando, le hago ese comentario y Fernando me dice que no, que nunca le había hecho un estudio a Mario, que nunca supo que Mario estaba enfermo. El problema que tenía en la cabeza nunca lo supo.
Son cosas que por ahí te hacen pensar cualquier pavada y ante el golpe tan duro te das manitas pensando cosas raras. Entonces decidimos volvernos. Antes de volvernos hablé con el licenciado Arochi, le pregunté si me podía venir, si tenía que quedarme a declarar. Me dijo que no, que me viniera tranquilo, que cualquier cosa, él me iba a avisar. Yo dejé mi número de teléfono de acá, de mi familia, para que él me llamara en caso de que fuera necesario. Hasta hoy nunca me llamó.
—¿Entonces usted no declaró nunca?
—Yo nunca declaré. La única declaración que hice fue ese mismo día cuando llegó Arochi a avisarme y llegó un policía también a la casa que él me preguntó si yo sabía algo sobre algún problema que él tenía, si él debía, si él no debía, si lo vi en cosas raras o no lo vi en cosas raras. Pocas preguntas que más que una declaración fue una charla con el policía.
—¿Y el policía iba uniformado?
—Sí, me parece que uno venía uniformado; del otro no me acuerdo bien. No me acuerdo cómo es el uniforme, pero uno sí venía uniformado. O… creo que bajó uno. Sinceramente no recuerdo bien.
—¿Y en qué otras cosas se notaba esa preocupación de Mario?
—En que empezaba que le dolía la cabeza, y se agarraba la cabeza. Que estaba tomando unos medicamentos. Después de que le pasa eso a Mario, nosotros nos dimos cuenta de que nunca vimos medicamentos, que lo único que tenía en casa eran aspirinas.
—¿Pero no veían que se tomaba algo?
—No, él decía pero jamás lo vimos. Puedes decir, ¿y qué remedio tomaba Mario? Ni uno. Fue de las charlas que tuve con Fernando Serrano que estaba Fernando, estaba una tía de Octavio, amigo también de la familia, y que la tía de Octavio dijo: “A también me dijo lo mismo, me comentó que usted lo atendió, que usted le hizo las radiografías con una máquina nueva que compró”. Cosa que Fernando dijo que no y se quedó sorprendido, pero que nos había dicho Mario a nosotros.
(CONTINUARÁ…)