A mayor soberbia de los gobernantes mayor es el deber de los gobernados de enfrentarlos con valor. Los derechos no se suplican, se ejercen y se defienden. Que a nadie acobarden las amenazantes Listas Negras del oficialismo.
Por asociación de ideas, recuerdo esa suerte charra llamada “colear”, que consiste en arrimar el caballo a un novillo corriendo, prenderlo del rabo para enredarlo en la pierna del jinete y la arción de la montura, y ladear al caballo para derribar al rumiante. Hay un viejo consejo que recomienda: “Tu no le sueltes la cola aunque te zurre la mano”. Eso mismo debemos hacerle a la rufianada en el gobierno: no soltarles el rabo.
Los despropósitos que dicen y los atropellos que cometen tales mafiosos laceran la vida nacional, y la mayoría de la población se resigna en silencio como si estuviera condenada a soportarlos sin chistar. Por eso la soberbia y cinismo en quienes debieran actuar como mandatarios y no como mandantes.
Pongo dos ejemplos:
1. Imagine usted lo que sucedería en un país democrático y con auténticos ciudadanos si el presidente de esa República vomitara: “No me salgan con el cuento de que la ley es la ley”. De inmediato lo echarían a la calle a cachetadas y con un puntapié en el trasero. Aquí, su claque aplaudió y no hubo reclamo social.
2. La regla que impuso ese piojoso asesino conocido como Tartufo, exigiendo a sus funcionarios “90 por ciento de lealtad y 10 por ciento de capacidad”, debemos analizarla en todo su contenido por la degradación que provocó en la vida política y en el ejercicio de aquel gobierno, y que por desgracia continúa.
En primer lugar, quedó demostrado que la llamada “lealtad” tartufiana no fue más que la exigencia de abyección absoluta a reptantes incapaces de disentir o rechazar lo más mínimo. Además implicó la autorización de que le fueran desleales en 10 por ciento de ocasiones restantes, lo que evidentemente no les permitió. Los mantuvo a gatas exhibiendo al mundo sus traseros; y la Arpía (con A) así los mantiene.
En segundo lugar, el tal 10 por ciento de capacidad fue nefasto y falaz. Nefasto porque la función pública debe recaer en los mejores, no exigiendo un ridículo porcentaje que premia la incompetencia. Falaz, pues se probó que la gran mayoría de a quienes les asignó tareas de alta responsabilidad ni remotamente cumplieron ese requisito, porque exhibieron una incompetencia mayor a 90 por ciento que se les había permitido. Siendo tantos los casos que demuestran lo anterior, basta con mencionar el patético desempeño de las Siniestras de la Corte: Batres, Loreta y Blanca Estela, que no rebuznan más fuerte porque le tienen pánico al aparejo, esa burda silla que sirve para la monta o la carga.
Mientras en la mafia se destrozan a tarascadas y viven su merecido infierno, precipitemos su caída, y mucho ayudará que no les soltemos el rabo.