Va creciendo el fuerte reclamo social por la devastación nacional, causada principalmente por acciones y omisiones de un gobierno despótico, inepto, escandalosamente corrupto y asociado gangsterilmente con los grupos más sanguinarios.
De poco sirve a la presidenta (con A de Arpía) la propaganda de una supuesta gran popularidad, cuando reprueba su administración en salud, educación, combate eficaz a la pobreza, creación de empleos, endeudamiento, crecimiento económico, energía eléctrica suficiente, atención al campo, obras de infraestructura, combate a la corrupción y la impunidad, política internacional y en muchos ámbitos más. En todo la reprobación es patente.
Respecto del combate a (una parte de) la delincuencia, este gobierno abandonó la traicionera política de abrazos, no balazos impuesta en el siniestro sexenio del piojoso asesino llamado Tartufo. El número de delincuentes llevados a los tribunales, las drogas incautadas y el desmantelamiento de laboratorios clandestinos demuestran la firme decisión de combatir ese flagelo.
Ahora bien, sobre la reducción de homicidios dolosos y de algunos otros delitos, los datos oficiales son cuestionados por algunos expertos. Además, el aumento a gran escala de las horribles desapariciones y los hallazgos de tantas fosas clandestinas delatan la comisión de muchos asesinatos no contabilizados. Adicionalmente, el incremento de extorsiones y asaltos es pavoroso e inocultable.
Lo que esconde la mafia gobernante es que ese combate a la delincuencia tiene un tope: Los de casa no se tocan. El que no existen datos de prueba “con fuerza legal” para siquiera iniciar carpetas de investigación respecto de miembros de la familia imperial, sus amigos, socios y altos funcionarios cuatroteros, es sólo el croar de una rana. El regreso de Rocha y su nueva licencia sólo demuestran el cisma interno; pero el gobierno de EU ya le puso el cascabel al gato, diciéndoles a los narcogobernantes que tampoco ellos se escaparán de la justicia.
Si la Cosa Nostra mexicana se ha dedicado a mentir, robar y traicionar, y ha sido incapaz de atender las demandas más apremiantes de la población, su derrota moral es incuestionable y definitiva. Por eso se devoran entre ellos, y por eso son tantos los informantes desesperados y testigos colaboradores a merced del yanqui. Primero son sus pellejos que sus lealtades.
Por lo antes expuesto, la pregunta obligada es: ¿qué debemos hacer? La respuesta es clara: Los partidos políticos opositores y las organizaciones sociales conscientes deben unir sus esfuerzos para presentar a los electores candidatos limpios, nuevos y capaces, que conformen un verdadero Poder Legislativo que rescate al Poder Judicial y a los Organismos Autónomos, iniciando así la reconstrucción nacional. Lo demás vendrá por añadidura.