Hay una fascinación por los asesinos. Ya no se ven humanos. Ante la mirada social, son monstruos, objetos de estudio, personajes de historias de terror. ¿Qué pasa por su mente antes de cometer el crimen? ¿cómo lo planeó? ¿por qué lo hizo? Se vuelven el centro de la violencia. Sus nombres dejan el anonimato.
Entonces ya no se habla de víctimas. Ellas son números: 32 en Virgina Tech, 28 en la primaria Sandy Hook, 17 en Marjory Stoneman Douglas. Sus autores consiguieron su objetivo: superar las 14 de Columbine.
Han pasado 27 años desde la masacre en la preparatoria de Colorado, Estados Unidos, pero hasta hoy se mantiene el eco de los disparos de Erick Harris y Dylan Klebold en los pasillos de las escuelas. Los adolescentes que atacaron a sus compañeros la mañana del 20 de abril de 1999 siguen presentes, aunque se quitaron la vida ese mismo día.
Sus nombres aparecen en noticieros, diarios, revistas, películas, canciones. Dejaron de ser asesinos y se convirtieron en personajes de admiración. Han inspirado al menos 50 tiroteos, de acuerdo con análisis periodísticos, que han dejado unas 300 víctimas. Los causantes los evocan como “héroes” de los desposeídos, los inadaptados, de los abusados.
El efecto Columbine ha traspasado fronteras. En 2020, un niño de 11 años disparó contra su maestra y sus compañeros en el Colegio Cervantes de Torreón antes de suicidarse. El pasado 20 de abril, en el aniversario de la masacre, un hombre de 27 años abrió fuego en la Zona Arqueológica de Teotihuacán; asesinó a una turista y se quitó la vida. Este jueves, dos hermanos regresaron a su secundaria para agredir con arma blanca y explosivos caseros; mataron a la subdirectora. Todos tenían material que evocaba al ataque de Erick y Dylan.
Ahora, más que entonces, la violencia es parte del día a día. Y quizá es esa normalización la que termina de jalar el gatillo de quien busca la trascendencia. Dejar huella donde fue invisible.
En 1999, el juicio por Columbine se centró en Marilyn Manson, acusado de incitar la violencia en la juventud. Michael Moore lo entrevistó para su documental: “Si pudieras hablar directamente con los chicos de Columbine o la gente de esa comunidad, ¿qué les dirías si estuvieran aquí ahora mismo?”, le preguntó. “No les diría una sola palabra. Escucharía lo que tienen que decir, y eso es lo que nadie hizo”, respondió.
Casi tres décadas después, seguimos sin escuchar y con el efecto Columbine.