Salud mental: del estigma al algoritmo

Ciudad de México /
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Durante años pedimos que se hablara de salud mental. Hoy se habla de ella a todas horas: en las mañaneras, en las escuelas, en los videos de un minuto y en las polémicas de los famosos. Esa visibilidad plantea una pregunta: ¿estamos comprendiendo mejor lo que nos pasa o aprendiendo a ponerle una etiqueta clínica a cualquier conducta que nos sorprende?

El 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental, llega este año con el lema “Lived experiences heard: real voices, real change”, que podemos traducir como “Escuchar las experiencias vividas: voces reales, cambios reales”. Su invitación es clara: quienes viven con un problema de salud mental deben participar en las decisiones que les afectan. Escuchar implica reconocer personas y derechos más allá del contenido.

En México esta conversación coincide con la regulación de celulares en las escuelas y el debate sobre la responsabilidad de las redes sociales. La SEP ha anunciado que las nuevas disposiciones entrarán en vigor el 3 de noviembre. En primaria y secundaria restringen el uso de dispositivos personales durante la jornada escolar, con excepciones previstas para fines pedagógicos, emergencias e inclusión.

Mi postura es contraria a una prohibición indiscriminada de dispositivos en las escuelas. Estoy a favor de una regulación clara, proporcional a la edad y orientada al aprendizaje. Guardar el celular es indispensable para escuchar una explicación, conversar, concentrarse o convivir sin interrupciones. Una herramienta digital bien utilizada también amplía lo que un estudiante puede aprender y crear.

La evidencia sobre intervenciones educativas digitales muestra beneficios en aprendizajes específicos, como las matemáticas, cuando existe un diseño pedagógico adecuado. Investigar, contrastar fuentes, programar o resolver problemas puede ejercitar habilidades cognitivas. Eso no significa que cualquier pantalla mejore el desarrollo cerebral. Importa la actividad, la edad, el acompañamiento y aquello que el uso digital desplaza.

El cerebro aprende con la experiencia. Un dispositivo puede abrir una experiencia de curiosidad y esfuerzo, pero también facilitar horas de consumo automático.  Tampoco podemos afirmar que scrollear “atrofia el cerebro”: esa frase es tan simplista como prometer que una aplicación nos hará más inteligentes. Necesitamos precisión para educar, no miedo para convencer.

Las restricciones pueden ayudar a ordenar el aula, pero sus efectos sobre la salud mental requieren evaluación. El estudio Smart Schools, publicado en 2025 y realizado en escuelas inglesas, no encontró mejor bienestar mental entre estudiantes de planteles con políticas más restrictivas. Por su diseño observacional no demuestra que prohibir sea inútil. Sí cuestiona que una regla escolar resuelva, por sí sola, lo que continúa fuera del salón.

Propongo reglas comprensibles, actividades digitales con propósito y momentos protegidos para la atención y la convivencia. Eso exige formación docente, acuerdos con las familias y opciones para estudiantes que no tienen un dispositivo. Exige escuchar a los jóvenes. Si buscamos autonomía, debemos enseñarles a decidir cuándo conectarse, para qué hacerlo y cuándo terminar.

La salud mental juvenil mexicana necesita una mirada más amplia. La violencia, el acoso, la presión académica, la incertidumbre económica, los conflictos familiares y las dificultades para recibir atención también forman parte del paisaje. Las redes pueden intensificar la comparación, prolongar el hostigamiento o quitarle horas al sueño. Pueden, además, ofrecer comunidad, información y una primera puerta para pedir ayuda.

Regular implica también exigir responsabilidades a las plataformas: proteger datos de menores, facilitar la denuncia del acoso y revisar diseños que favorecen la permanencia compulsiva. No basta con pedir autocontrol a un adolescente frente a sistemas construidos para captar su atención.

Las recientes conversaciones sobre Gala Montes y Aleks Syntek ilustran otro desafío. Declaraciones y episodios polémicos se convirtieron en hipótesis sobre depresión, psicosis u otros trastornos. Gala ha hablado públicamente de sentirse deprimida; escuchar lo que expresa merece respeto. Eso no autoriza a diagnosticarla por videos. En el caso de Syntek, los señalamientos de usuarios tampoco constituyen una evaluación clínica.

Un arranque de enojo, una respuesta hostil o una conducta que juzgamos arrogante no prueban una enfermedad mental. Pueden existir dificultades para manejar la frustración o comportamientos que merecen crítica sin que podamos atribuirlos a un trastorno. Tampoco sería responsable concluir, desde una pantalla, que todo se explica por una “personalidad difícil”. Podemos discutir una conducta concreta sin inventar su causa.

La empatía permite preocuparnos por alguien sin diagnosticarlo. Y el respeto permite cuestionar lo que hace sin usar la psiquiatría como insulto. Cuando cada desplante recibe una etiqueta clínica, confundimos al público y reforzamos la asociación entre enfermedad mental y comportamientos censurables.

Sostengo que la salud mental ha pasado de luchar por salir del silencio a tener que defenderse también de las tendencias. El estigma sigue presente; ahora convive con diagnósticos de moda, explicaciones universales y contenidos que venden certeza inmediata. Hablar más puede ayudarnos, siempre que también aprendamos a escuchar, a comprobar y reconocer lo que no sabemos.

A cada usuario nos corresponde elegir con mayor criterio: revisar quién comunica, qué evidencia presenta y si distingue información general de diagnóstico. Contrastar y formar una opinión propia también es cuidarnos. Entrenar bonito al cerebro implica proteger el sueño, cultivar vínculos y usar la tecnología con intención. Vivir bonito desde las conductas y las emociones requiere algo más que seguir una tendencia: requiere aprender a pensar sobre lo que sentimos.

Samantha Martínez

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  • Dr. Edilberto Peña de León
  • Neuropsiquiatra, experto en salud mental
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