La Epifanía de la Verdad

Laguna /

Hemos aprendido a buscar la verdad en discursos sólidos, en pruebas verificables y en declaraciones directas. 

Sin embargo, muchas de las verdades más profundas no se anuncian con claridad, sino que se revelan en lugares inesperados: en un silencio que se prolonga, en una mirada que evita sostenerse, en un gesto involuntario o en la repetición constante de una misma afirmación.

La tradición intelectual ha dado primacía a la palabra explícita como portadora de verdad. 

Pero la experiencia cotidiana sugiere algo distinto: no todo lo esencial se formula de manera abierta. 

Hay silencios que dicen más que cualquier argumento. 

Después de una pregunta difícil, el silencio puede convertirse en una confesión indirecta. 

No es ausencia de contenido, es una forma distinta de significado. En ese callar se concentra algo que las palabras no logran sostener.

La mirada también posee su propio lenguaje. Antes de que alguien termine una explicación, los ojos pueden confirmar o desmentir lo dicho. Hay miradas firmes que transmiten convicción y otras que revelan duda o inquietud. 

En ese cruce breve y silencioso se manifiesta una verdad que no necesita justificación verbal.

El gesto, por su parte, actúa como una señal discreta pero reveladora. 

Un movimiento repetido de las manos, una postura defensiva, un cambio en la respiración. 

El cuerpo reacciona incluso cuando la mente intenta mantener coherencia. 

Los gestos no siempre son conscientes y precisamente por eso pueden ser más sinceros que el discurso elaborado.

Y luego está la repetición en el habla. Cuando alguien afirma lo mismo en diferentes momentos, ante distintas circunstancias, algo se pone en evidencia. 

La insistencia constante en una idea, ya sea una justificación, una aclaración o una negación, puede delatar inseguridad o necesidad de convencerse a sí mismo. 

Repetir no es simplemente reiterar, es subrayar aquello que quizá no termina de sostenerse. 

La verdad, en ocasiones, se filtra no por lo que se dice una vez, sino por lo que se necesita decir una y otra vez.

Tal vez hemos sobrevalorado la declaración frontal y subestimado estas formas más sutiles de manifestación. 

La verdad no siempre irrumpe como una sentencia clara, a veces aparece como una pausa, como un temblor mínimo, como una frase que regresa con insistencia.

  • Eduardo Emmanuel Ramosclamont Cázares
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