En tiempos de vértigo y ruido, solemos confundir oportunidad con premio. Creemos que las oportunidades llegan envueltas en aplausos, en ascensos, en reconocimientos visibles.
Pero la experiencia, esa maestra sin ceremonia, sugiere algo más sutil. La oportunidad rara vez se anuncia, casi siempre se disfraza.
No hablo de optimismo ingenuo ni de esa consigna fácil que convierte cualquier tropiezo en moraleja instantánea.
Hablo de una disposición filosófica, la de leer la realidad como un texto abierto, incluso cuando sus páginas parecen ásperas.
Hay una gramática secreta en los acontecimientos cotidianos, una estructura que, si aprendemos a descifrarla, transforma cada circunstancia en posibilidad de mejora.
Lejos de cualquier resignación, pensadores como recordaban que somos nosotros y nuestra circunstancia.
No elegimos siempre el escenario, pero sí elegimos qué hacer con él. La circunstancia no es una condena, es el material con el que trabajamos.
Lo decisivo no es el hecho sino la interpretación activa que hacemos de él. Cada situación contiene una pregunta silenciosa. ¿Qué versión de ti mismo va a responder aquí?
Hannah Arendt hablaba de la capacidad humana de iniciar, de comenzar algo nuevo.
Esa facultad no depende de condiciones perfectas. Surge precisamente en medio de la complejidad.
Cada acontecimiento es una posibilidad de inaugurar una respuesta distinta, más lúcida, más firme, más generosa.
La vida no es un escenario fijo que contemplamos desde fuera.
Es un espacio de acción en el que constantemente nos configuramos.
Esta mirada tiene consecuencias prácticas.
Cuando dejamos de preguntarnos por qué a mí y comenzamos a preguntarnos qué puedo construir con esto, la energía cambia de dirección. Se desplaza de la queja a la creación.
La queja nos deja atrapados en el diagnóstico. La creación nos instala en el movimiento.
Nada de esto implica negar la injusticia o la dureza del mundo. Implica reconocer que, incluso en contextos imperfectos, conservamos un margen de decisión.
Y ese margen, aunque sea pequeño, es decisivo. Allí se forja el carácter, se afina el criterio, se amplía la comprensión.
Quizá la idea más radical sea esta. No existen momentos desperdiciados salvo aquellos en los que renunciamos a aprender. Todo puede ser ocasión para ensanchar la mirada, fortalecer la voluntad o profundizar la empatía.
Cada día nos ofrece el mismo desafío con distintos rostros. Convertir la experiencia en crecimiento.
Si aceptamos esta premisa, la vida deja de dividirse en etapas favorables y desfavorables. Se convierte en un proceso continuo de formación.
Y entonces comprendemos que la oportunidad no es un evento extraordinario sino una actitud permanente.
Siempre he hecho lo más que se puede de cada oportunidad, durante algún tiempo me preocupaba mi insaciabilidad, esa sensación de querer siempre un poco más, de no conformarme.
La veía como un defecto, como una inquietud excesiva. Hoy entiendo que todo lo que tengo es gracias a ella. Esa hambre de todo, de intentar una vez más, ha sido mi motor silencioso.
Y lejos de querer apagarla, abrazo estas ganas de comerme al mundo entero.