La Verdad Como Fisura

Laguna /

Existe una ilusión profundamente contemporánea: creer que las personas dicen exactamente aquello que piensan. 

Como si el lenguaje fuera una herramienta transparente subordinada completamente a la conciencia. 

Sin embargo, el problema, y quizá también la tragedia, es que el sujeto nunca controla del todo aquello que verbaliza. Habla, sí, pero mientras habla también se filtra.

Ahí aparece una de las intuiciones más inquietantes de : el lenguaje no es simplemente algo que utilizamos, sino una estructura que nos atraviesa. 

El sujeto no domina completamente el discurso; en gran medida, es hablado por él. 

Por eso la verdad rara vez aparece en la superficie explícita de una frase. Surge más bien en errores, titubeos, repeticiones, silencios o desplazamientos aparentemente secundarios.

Lacan entendía que el inconsciente no funciona como un depósito oculto de recuerdos, sino como una lógica que se manifiesta dentro del propio lenguaje. 

El lapsus, por ejemplo, no es un accidente trivial: es una fractura donde emerge algo que la conciencia intentaba organizar o reprimir. 

En otras palabras, el sujeto suele revelar más en aquello que intenta controlar mal que en aquello que expresa deliberadamente.

Lo explícito está demasiado editado. Pasa por filtros sociales, morales y estratégicos. 

Cada individuo construye una versión discursiva de sí mismo: selecciona palabras, administra emociones y corrige impulsos para sostener cierta imagen. 

Pero lo implícito escapa parcialmente a ese control. Allí aparecen restos más auténticos del deseo.

Por eso muchas veces comprendemos realmente a alguien no por lo que afirma, sino por la forma en que lo afirma. 

Hay personas que hablan constantemente de honestidad porque necesitan compensar una inseguridad ética; otras insisten obsesivamente en la indiferencia justo cuando algo las afecta profundamente. 

El discurso humano está lleno de sobrecompensaciones.

Lacan sostenía que el deseo siempre se desliza. Nunca se presenta de manera totalmente directa. 

El sujeto cree hablar sobre una cosa cuando, en realidad, está hablando de otra. Y precisamente ahí aparece la verdad: no en el contenido central del discurso, sino en sus desviaciones.

En las conversaciones cotidianas esto se vuelve especialmente evidente. Muchas veces el sentido real de una interacción no está en las palabras pronunciadas, sino en pequeñas alteraciones del discurso. Una pausa inesperada. 

Una respuesta demasiado rápida. Un cambio de tono apenas perceptible. Incluso ciertas repeticiones pueden revelar más que una explicación entera. 

Hay silencios que contienen más información emocional que una larga conversación.

La cultura contemporánea, sin embargo, privilegia lo contrario. Exige transparencia absoluta, exposición constante e inmediatez discursiva. 

Todo debe decirse rápido, claramente y sin ambigüedad. 

Pero mientras más se fuerza la explicitud, más se empobrece el lenguaje. Porque las experiencias humanas más profundas rara vez pueden formularse de manera completamente directa.

Quizá la verdad posee inevitablemente una estructura fragmentaria. No aparece como una afirmación limpia y total, sino como una fisura dentro del discurso. 

Un exceso de énfasis. Una contradicción mínima. Un silencio extraño. Algo que irrumpe donde el sujeto creía tener control absoluto.

Tal vez por eso ahora me es tan fácil encontrar verdades, atendiendo menos a lo que se intenta demostrar y más a aquello que se escapa mientras se habla.

  • Eduardo Emmanuel Ramosclamont Cázares
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