Adiós al 'Sugar Man'

Ciudad de México /

Hace unos cuantos días falleció a los 81 años el músico estadunidense de origen mexicano Sixto Rodríguez, que tras décadas de oscuridad y anonimato saltó a la fama mundial gracias al documental Searching for Sugar Man, ganador del Oscar en 2012. Ahí se narraba a la manera de una historia de detectives su misteriosa desaparición (se cuentan historias sobre la creencia de que se había suicidado prendiéndose fuego en el escenario), su gran popularidad en Sudáfrica como parte de una especie de movimiento cultural underground y antiapartheid, y su regreso triunfal ahí mismo tras ser “redescubierto”.

Gracias al documental su música obtuvo una nueva oportunidad para ser escuchada, y sus canciones folk, existenciales y con referencias bíblicas y religiosas a lo Bob Dylan o Nick Cave, con un toque de clase obrera en su caso, reciben comparaciones justamente con Bob Dylan por parte de periodistas o gente de las disqueras que a comienzos de los 70 lanzaron sin éxito sus dos álbumes de estudio, Cold Fact y Coming From Reality. Igualmente, sus compañeros albañiles lo describen como un profeta incomprendido, con lo cual la gran pregunta es por qué en su momento pasó inadvertida su música en Detroit y en general en Estados Unidos.

De entrada podríamos pensar en lo complicado de que hace 50 años un cantautor de origen y aspecto mexicano fuera acogido por el público del folk, cuya demografía era en general blanca y de clase media alta. De manera que difícilmente Rodriguez hubiera adquirido un aire de profeta a lo Bob Dylan o Joan Baez, o incluso Janis Joplin. En cambio en un país como Sudáfrica, precisamente en un movimiento cultural underground antiracista, el carácter de outsider de un músico como Rodriguez, aunado quizá al misticismo de que no se supiera nada de él, probablemente dotaba incluso de una intención política a la escucha de su música.

Y lo anterior quizá también sumado a que en general la música de protesta de la época tenía un carácter más específico, antibelicista, o vinculado al movimiento de los derechos civiles, mientras que las letras de Rodriguez se inscriben más en la perspectiva de los desclasados para quienes la música no es siquiera un vehículo para pugnar por una sociedad distinta, sino más bien un testimonio existencial del desclasamiento. Por ejemplo en “Cause”: “Cause I lost my job two weeks before Christmas/And I talked to Jesus at the sewer/And the Pope said it was none of his God-damned business”.1 O en “Street Boy”: “There's one last word then I'll conclude/Before you pick up and put on your attitude/Bet you'll never find or ever meet/Any street boy who's ever beat the streets”.2

En el fondo Rodriguez parecía cantar más bien para él, su música, y quien quisiera escucharlo, sin tener otro tipo de consideraciones en mente. Cuestión que se manifiesta cuando en el documental le preguntan si tiene lamentos por haber sido albañil durante décadas, sin saber que en Sudáfrica era una superestrella, ante lo que se queda callado e impávido tras sus inseparables lentes oscuros, y simplemente murmura que no sabría cómo responder a esa pregunta. 

1. Porque perdí mi trabajo dos semanas antes de Navidad/Y hablé con Jesús en el desagüe/Y el Papa dijo que no era asunto suyo.

2. Una última palabra y termino/Antes de que recojas y te pongas tu fachada ruda/Te apuesto a que nunca encontrarás o conocerás/A ningún chico de la calle que haya derrotado a la calle.


  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
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