La fascinante serie documental sobre la vida de Julio César Chávez, Chávez vs. Chávez, escrita y dirigida por Diego Enrique Osorno, es una cátedra de periodismo documental. A diferencia de muchas de las actuales series sobre personajes famosos o legendarios donde se cuenta con la colaboración de los mismos, aquí no se narra la historia a modo del personaje principal, ni se omite hacer las preguntas difíciles o incómodas. El resultado es que se percibe una gran sintonía entre Osorno y Chávez, y este se abre con gran candidez sobre los temas más álgidos y controversiales de su carrera y de su vida fuera del cuadrilátero. En lugar de la imagen cuidada y prefabricada que ofrece en la actualidad una buena parte de documentales del género, aquí Chávez aparece (auto)retratado con todos sus claroscuros. Esto, lejos de abollar su carácter legendario le otorga una dimensión plenamente humana, por lo cual el combate más duro que ha enfrentado, el de sus propios demonios y las consecuencias por estos acarreadas, se convierte en el que más admiración ocasiona por haber salido hasta el momento lo suficientemente bien librado como para contar su propia historia.
La estructura de la serie y de la propia vida de Chávez tiene un dejo de tragedia clásica, en el sentido de que desde que se produce el entrañable ascenso que le permitió salir de un entorno de extrema precariedad, alcoholismo paterno y violencia familiar, para convertirse durante muchos años en uno de los mejores boxeadores del planeta, hay voces (incluida la suya en conversaciones con sus hijos) que a manera de coro de tragedia clásica, parecerían profetizar lo que puede suceder. Hay una escena que se repite varias veces a lo largo de los cinco capítulos en donde Chávez tiene en el regazo a su primogénito Julio, a sus dos o tres años de edad, y le advierte de los peligros de la fama, de las malas influencias, de perder el piso. Como si en realidad se lo estuviera advirtiendo a sí mismo y, por supuesto, llegado el momento, no se hubiera hecho caso.
Además del relato de la gloria deportiva, que quienes tenemos ya una cierta edad recordamos a la perfección como parte consustancial de nuestra juventud (fue como desempolvar de un baúl de recuerdos nombres y momentos que quizá sólo podrían equipararse a la selección nacional o a los episodios cumbre de Fernando Valenzuela), el otro gran eje del documental lo constituyen las adicciones y la estela de destrucción intergeneracional (en este caso abarca desde el padre de Chávez, hasta él y finalmente sus hijos) que van dejando, precisamente como una suerte de condena familiar. Es aquí donde quizá por primera vez se conoce tan a detalle y de viva voz la otra cara de lo que significó y atrajo la fama, sobre la que un joven Chávez se advirtiera a sí mismo con su hijo mayor en brazos, y resulta impactante ver el peso de la compulsión a la repetición, pese a que literalmente todo se encuentra en juego y en riesgo. Como si fuera un pacto fáustico cuyo cobro de la deuda se prolongó incluso más que el ascenso que con tanto empeño y sacrificio se labrara Chávez, para tirarlo todo por la borda con ese primer paso simbólico hacia la adicción que da precisamente después de haber derrotado a Héctor el Macho Camacho.
Y para quienes ya recordábamos a Don King como un titiritero siniestro, verlo convertido en un anciano con gorra de “Make America Great Again” y un pin de Donald Trump es también un perfecto colofón para un villano de una tragedia clásica cuyo guion se vino a contar finalmente en formato de una serie documental que retrata no sólo a una figura, sino en varios sentidos a toda una época.