Como entonces, como ahora

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  • Eduardo Rabasa

Ciudad de México /

En el ensayo titulado “El mundo con otro, el mundo con otros: Corridos villistas”, del libro El silencio de la Revolución y otros ensayos (Editorial Era), Jorge Aguilar Mora analiza uno de los corridos de la “época de la derrota” de Pancho Villa, donde se expresa la disposición de sus hombres a morir por él, principalmente porque, a su parecer: “Villa era la personificación de la Bola”. Así, según su visión se crea ahí una especie de comunión de desconocidos que mediante la misma devienen seres humanos:

Estos personajes solitarios en el despojo, en sus vidas sin ningún futuro, muchas veces sin padres, otras veces incluso sin nombre (¡cuántos ignoraban cómo se llamaban y sólo se identificaban con un apodo!), estos solitarios descubrieron que eran seres humanos y que eran individuos y que tenían la riqueza absoluta de su vida al descubrir al otro (…) De pronto, debajo del despojo, de las humillaciones, de la opresión, del menosprecio, encontraban un cuerpo con una voluntad, y se encontraban a sí mismos sabiendo que su participación, individual, podía ser decisiva. (p. 78)

Lo primero que llama la atención, a más de cien años de distancia, es lo poco que ha cambiado en un país que nuevamente atraviesa otro tipo distinto de guerra interna, donde igualmente formar parte de ella, en cualquiera de los bandos enfrentados a varias partes, incluido por supuesto el bando oficial, termina siendo una forma de último recurso frente a una realidad que de otra forma prácticamente no ofrece opciones para millones de personas. Y si bien evidentemente no son equiparables en ningún sentido las causas que dieron pie a la lucha villista y de las demás facciones de la Revolución Mexicana, con las que subyacen a la guerra actual, lo cierto es que tanto los muy populares narcocorridos como las muestras de adhesión en diversas partes del territorio a grupos que para efectos prácticos reemplazan en muchos sentidos al Estado, dan cuenta de una gran similitud en cuanto a la descomposición simbólica del principio de autoridad gubernamental.

Pues si bien la desigualdad y la pobreza no explican por sí solas, ni mucho menos justifican, la proliferación de la violencia discriminada, lo cierto también es que sin dichos niveles de desigualdad y de pobreza difícilmente tendría lugar un escenario de descomposición del tejido social como el que se vive en la actualidad. Ya que bajo el entorno de polarización irremediable, marcado por los pleitos virtuales, mediáticos, culturales, a menudo definidos a partir de la postura de clase y/o identitaria, se deja de lado con enorme frecuencia la dimensión material que subyace al caos que todos aborrecemos, pero del que nadie se siente causa. Pues acaso es más sencillo culpar a un otro maligno que revisar las estructuras profundas de una sociedad que, como demuestra el ensayo de Aguilar Mora (que podría perfectamente estar describiendo una situación actual, y no de hace más de un siglo), en términos de la desigualdad y las consecuencias materiales e identitarias que esta genera, parecería ser inmune a los vaivenes políticos de las cúpulas político-económicas que la han regido desde entonces.

Eduardo Rabasa

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