Desapariciones 'new age'

Ciudad de México /

Hace poco leía un artículo sobre la nueva moda 'new age' promovida por diversos gurús e influencers, consistente en “desaparecer seis meses”, borrándose de sus redes y viajando por el mundo de manera anónima y sin dar a conocer su paradero. Con ese reseteo existencial, al parecer la idea es regresar cargados de nuevas vibras y energía y, sobre todo, una nueva personalidad. Al igual que otras modas del estilo, como las microdosis de LSD, la ingesta hípster de ayahuasca en busca de creatividad o sabiduría, o los ayunos intermitentes, en realidad estas expresiones de supuesto ir contracorriente son de lo más utilitario y neoliberal del mundo, pues se busca dotar a la espiritualidad de un fin práctico, tangible, en esa interminable carrera por la rueda de hámster que habrá de convertirnos en la mejor y más monetizable versión de uno mismo. Donde quizá la expresión entre más grotesca y parodiable sea el festival Burning Man, al que acuden principalmente los multimillonarios de Silicon Valley (y quienes aspiran a serlo) a hacer networking y ponerse hasta la madre bajo un supuesto principio autogestivo que excluye el dinero (aunque pagan miles de dólares por su exclusivo y lujoso hospedaje en el medio de la nada), para volver cargados de energía y buena vibra a continuar acumulando ingentes cantidades de dinero, y dominando el mundo a base de algoritmos. (No en balde hubo júbilo colectivo en la última edición en que la tormenta de arena los dejó varados y con dificultades para salir de ahí).

Se trata en todos los casos de la idea del individuo que se reinventa de continuo mediante soluciones un tanto automáticas, que no implican ningún tipo de introspección, pues unas simples gotas o salir de las redes por un periodo habrían de bastar para ser una nueva y mejor persona. Aunque es de sospecharse que transcurrido un tiempo para que pase la euforia del procedimiento, la nueva persona debe de parecerse bastante a la anterior, con lo cual seguramente se busque una nueva solución new age para ahora sí convertirse en ese hombre nuevo listo para triunfar en el mundo.

Lejos del vitalismo que pretenden transmitir, estas prácticas tan difundidas en esta época se inscriben en el continuo posponer la vida detallado por Carlo Michelstaedter en esa obra maestra que es La persuasión y la retórica, pues ese nuevo yo que nunca llega se convierte tanto en una meta a alcanzar como en una industria millonaria, la del wellness, precisamente orientada a explotar la ansiedad por alcanzar el nuevo yo que nunca llega. O, como lo dice Claudio Magris a propósito de Michelstaedter, a quien ha llamado la “estrella polar” de su obra: “Michelstaedter desenmascara el desarrollo de la civilización, que priva al individuo de la persuasión, es decir, de la fuerza de vivir plenamente en posesión del propio presente y de la propia persona, sin consumirla a la espera de un resultado que siempre está por venir, que nunca ‘es’. Los hombres viven sólo ‘entretanto’, esperando que llegue la vida y quemándola en la espera”.

Por eso quizá la actual proclividad a mostrar todo el tiempo la propia vida como algo único y alocado, por lo general más bien transmite la tristeza asociada a saber que quien necesita llamar la atención a gritos sobre su inmensa intensidad vital, felicidad, etcétera, probablemente se deba a una incapacidad para el disfrute, por lo que sólo queda el goce narcisista de la satisfacción secundaria de al menos creerse envidiados por su singularidad. 


  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
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