El poder del gesto

Ciudad de México /

Alguna vez leí que en Corea del Sur, país con la segunda mayor tasa de suicidios en el mundo, se puso en marcha en las escuelas una práctica donde los estudiantes debían escribir una nota de despedida a su familia, y después se metían a unos ataúdes ficticios durante unos diez minutos, para que mediante la escenificación de su propia muerte cobraran conciencia de lo que realmente implicaría. Al parecer, esta bastante lúgubre terapia resulta muy efectiva para el fin que se propone. Y además, lo que resulta curioso es que si bien las tasas de suicidio se achacan a la sofocante presión para ser estudiantes perfectos, con la esperanza de tener un trabajo en una megacorporación, es decir, todo ello resultado de imperativos pragmáticos y racionales, es en el dominio de lo simbólico donde se encuentra un antídoto que funciona, a diferencia de los sermones sobre el valor de la maravillosa vida que les espera si se matan trabajando y obedecen, que seguramente se prueban hasta el cansancio antes de recurrir a estos métodos más extremos.

Y es que como explica Roberto Calasso en Ka, ante un dilema ritual en la India antigua, consistente en la necesidad de escenificar el sacrificio, sin realmente sacrificar a los animales salvajes: “Sabían que la contradicción siempre acecha de cerca al impávido corazón del pensamiento. Sabían asimismo que el pensamiento no podía causar ni un rasguño a la contradicción. Sin embargo, había algo que podía al menos esquivar la contradicción, permitiendo la existencia de algo prodigioso: a y b, su contrario y simultáneo. ¿A qué se referían? Al gesto”. Pues ahí donde la racionalidad del pensamiento se topa con su propia imposibilidad, es en el gesto y lo simbólico donde se pueden hallar, si no soluciones, al menos pactos de convivencia, quizá en muchos casos inconscientes, como aquel que auxilia a los jóvenes surcoreanos a no sucumbir a las presiones derivadas de los imperativos de la vida buena y racional.

Por eso en parte resulta tan absurdo el actual desdén a prácticas milenarias que se achacan simplemente a la ignorancia y la superstición, pues incluso si se prescinde de lo que para millones de personas es una realidad incuestionable, su trasfondo metafísico, se desechan los efectos que los rituales y los gestos pueden producir en esa entidad tan misteriosa y aún enigmática como es la mente humana. (Otra joya calassiana al respecto, también de Ka: “Podéis abrir todo cuerpo y todo elemento con la más afilada punta de metal, podéis volver externo y visible todo lo que está oculto, hasta que la materia se vuelva un vuelo de libélula. Será inútil: jamás encontraréis ni una traza, ni siquiera la más pequeña, de la mente. El estandarte de su soberanía es justamente ése: no estar).

Así que acaso en una época donde la racionalidad instrumental de un sistema que literalmente está acabando con el planeta en aras de los beneficios y la acumulación, valga la pena repensar el inmenso poder de los gestos y los pequeños rituales cotidianos. Quizá precisamente porque aparentemente no tienen ninguna utilidad, al menos en el plano personal pueden aportar un grano de cordura entre la demencia política organizada, y unos discursos y prácticas que, paradójicamente, ni siquiera es que conduzcan a una vida libre de supersticiones, sino que más bien se encuentra orientada a la adoración fanática de deidades como el dinero, la fama y el poder.

Eduardo Rabasa

  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
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