Fanáticos contra fanáticos

Ciudad de México /

Hace unos días hablaba con un amigo judío mexicano, sumamente entristecido por la violencia, y me decía desolado: “son fanáticos contra fanáticos”. Asimismo, consideraba que “Netanyahu es lo peor que le ha pasado jamás a Israel”, y que los brutales ataques de Hamás habían servido para agenciarse una legitimidad y unidad de la que previamente carecía.

La verdad me sorprendió un poco escucharlo, estando tan acostumbrados al actual pensamiento tribal, donde las opiniones vienen principalmente dictadas por la tribu a la que uno pertenezca (o con la que se identifique). Ello porque el sectarismo es ante todo una inclinación mental, una disposición a hacer piruetas del raciocinio para acomodarlo a la causa que las emociones y la conveniencia personal dicten como la correcta. Y esto se exacerba en una época tan narcisista como la actual, donde prácticamente todo lo que sucede termina por estar referido a uno mismo y su experiencia subjetiva, como muestran en este caso los ridículos posteos de personas que van al gimnasio vestidas de tal color, en apoyo a la causa israelí, y como lo hemos visto con Ucrania, etcétera.

Pero aunque a veces no lo parezca, sigue existiendo algo así como ciertos hechos que son difíciles de refutar, a menos que la mente se rinda a los impulsos del fanatismo y la obediencia ciega a las narrativas que más le convengan. El ataque de Hamás contra la población civil israelí fue una atrocidad en toda regla, pero desde cualquier punto de vista razonable se puede apreciar que la desproporción de la respuesta lo excede de lejos, pues: ¿quién en su sano juicio puede justificar la hambruna, bombardeo indiscriminado, destrucción de sus hogares y desplazamiento forzado de una población de más de dos millones de personas? Sin embargo, como sucede con los grandes exterminios o limpiezas étnicas de la historia, el movimiento mental clave consiste en la deshumanización del otro, en considerar a los palestinos como “bestias humanas” o, para dejarlo más claro, veamos las palabras textuales del presidente de Israel, Isaac Herzog, en su mensaje a la nación: “Es toda una nación la que es responsable. Es falsa la retórica de que los civiles no saben lo que pasa, que no están involucrados. Es totalmente falsa. Podrían haberse alzado, podrían haber luchado contra ese régimen maligno que se apoderó de Gaza con un golpe de Estado”.

Esta es precisamente la retórica que vuelve equivalente la pérdida de 1500 vidas (de nuevo: horrorosa y abominable) con el proyecto de exterminio de más de 2 millones de personas, a las que se les bombardea sin cesar y se les corta deliberadamente el agua, la comida, las medicinas, e incluso el internet. Pues, según el gobierno de Israel, es oficialmente responsable “toda una nación”. Todos los hombres, sin importar su ocupación. Todas las mujeres, lo mismo. Y todos los niños pequeños. Y por lo tanto merecen morir. De hambre, por infecciones, lentamente o como sea.

Esto es lo que apoya, quizá sin saberlo, la chica que presume en sus redes que va al gimnasio vestida de tal forma en apoyo a Israel. O la Feria del Libro de Frankfurt, que declara su apoyo incondicional a Israel y cancela la entrega del premio previamente concedido a Adania Shibli, una autora palestina. Lo dijo muy bien mi amigo: son fanáticos contra fanáticos. Sólo que los fanáticos que se consideran los buenos terminarán estando del lado de una masacre de cientos de miles de personas, que sucede en tiempo real y ante la vista de todo el mundo.


  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
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